Una noche en el aeropuerto de El Prat: cuando un espacio de tráfico se convierte en refugio de los olvidados
Justine Paramio
22 Enero 2026
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Quería saber qué se siente al pasar la noche en un aeropuerto. Qué se ve, qué se siente, qué se huele cuando ya no hay llamadas de embarque ni maletas rodando. Quería entender qué ocurre cuando un sitio pensado para el tráfico se convierte, por unas horas, en un destino final. Por este motivo, decidí pasar una madrugada en la Terminal 1 del Aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat, desde la medianoche hasta las cinco de la mañana.
No fui sola. Me acompañaron las personas y las historias de quienes cada noche duermen sin necesidad de enseñar la tarjeta de embarque. Me acompañaron también los datos y respuestas de Aena y del Ayuntamiento de El Prat de Llobregat. Este reportaje parte de una experiencia vivida, pero también de una cuestión que me sigo preguntando: ¿quién cuida de quienes ya no despegan?
La invisibilidad es, paradójicamente, lo que permite sobrevivir en el aeropuerto.
Invisibles entre los viajeros
Mientras los últimos aviones aterrizan y algunas familias aguardan la llegada de sus seres queridos, los sin hogar duermen entre los bancos y los pasillos del aeropuerto. En el aeropuerto de El Prat son invisibles, desdibujados entre los viajeros. Nadie les presta atención y quizá sea esta invisibilidad la que les permite encontrar tranquilidad. No existe una sensación de rechazo ni de miedo, sino una convivencia silenciosa que, a pesar de no resolver los problemas de fondo, evita el conflicto.
El olor en el aire es un contraste interesante. El espacio huele a desinfectante ya comida rápida, pero también hay algo de libertad, un aire ligero que refleja las diferentes posibilidades que se abren en un lugar como éste. Al igual que los viajeros que esperan para despegar, los sintecho parecen estar en un espacio de transición, aunque su transición no está marcada por la esperanza de un vuelo, sino por la lucha de sobrevivir en un espacio que no está listo para ser un hogar.
Carteles informativos de salidas del aeropuerto de El Prat
Conversaciones en la oscuridad
Tuve la oportunidad de hablar con algunas personas sin hogar durante la noche, pero la mayoría no quiso ser identificada. Aunque la situación es delicada, es interesante observar cómo el aeropuerto, lejos de ser un lugar acogedor, se convierte en un refugio improvisado, no por elección, sino por la falta de alternativas.
El aeropuerto no es un hogar, pero ofrece lo que muchos no tienen en ningún otro lugar.
Pedro, de 64 años, me contó su historia mientras descansaba en una esquina de la Terminal 1. "No tengo a dónde ir. Perdí mi casa y mi trabajo. Aquí al menos hay baños, calefacción y seguridad", me dijo. María Elisabeth, otra mujer que estaba en la misma situación, coincidió con él en que, pese a las adversidades, el aeropuerto ofrece mayor seguridad que otros lugares de la ciudad. "Aquí, aunque no sea un hogar, al menos puedo dormir tranquilo, sin miedo", compartió.
Viajeros durmiendo, esperando su vuelo en la madrugada
Es evidente que el aeropuerto de El Prat se ha convertido en un refugio, pero no un refugio diseñado para esta situación. La falta de apoyo institucional y de un espacio de acogida adecuado deja a estas personas atrapadas en un limbo, sin la posibilidad de acceder a los recursos que necesitan. Sin embargo, la convivencia entre este grupo y los viajeros usuales no parece generar rechazo, sino más bien indiferencia. El aeropuerto, con su constante flujo de personas, parece un espacio neutral donde los problemas de uno se disuelven en la rutina de los demás.
Perspectiva institucional
La respuesta institucional ante la presencia de personas sin hogar en el aeropuerto de El Prat está condicionada por la complejidad de competencias. Desde Aena, entidad que gestiona el aeropuerto, subrayan que su principal responsabilidad es velar por la seguridad y el buen funcionamiento de las operaciones aeroportuarias. “Nuestro enfoque se centra en la seguridad de las instalaciones, y cualquier actuación social debe coordinarse con las administraciones competentes”, explican desde su departamento de comunicación.
Paralelamente, Bertran Cazorla, jefe del departamento de Comunicación del Ayuntamiento de El Prat de Llobregat, incide en que el fenómeno del sinhogarismo en el aeropuerto exige un abordaje conjunto. "El aeropuerto es una infraestructura de país que requiere un enfoque de país. No podemos ser los únicos municipios que abordemos esta problemática en solitario", señalan desde el consistorio. Aunque El Prat dispone de un dispositivo local para personas sin hogar, el fenómeno en la terminal presenta características propias, y su atención supera las competencias municipales.
Un viajero pierde su vuelo
Hasta enero de 2024, existió un acuerdo de cooperación entre la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona, el Ayuntamiento de El Prat y Aena. Desde entonces, este convenio no ha sido renovado, aunque desde el Ayuntamiento de El Prat aseguran que se están manteniendo contactos para reactivar un nuevo marco de colaboración. "Consideramos urgente y necesario establecer un nuevo acuerdo que regule esta colaboración. Esperamos que el convenio anunciado por el Departamento de Derechos Sociales de la Generalitat se firme lo antes posible", explican fuentes municipales.
Incertidumbre en competencias
En cuanto a actuaciones recientes, el consistorio confirma que fue informado por Aena y los Mossos d'Esquadra sobre una intervención policial que podía afectar a las personas en situación de sinhogarismo. En este contexto, se desplazó al aeropuerto a una trabajadora social municipal, con el objetivo de ofrecer atención en caso de urgencia social, en coordinación con el Centro de Urgencias y Emergencias Sociales de Barcelona (CUESB).
Pasajeros y personas sin hogar durmiendo a la llegada de la Terminal 2 del aeropuerto de El Prat
Desde el consistorio también matizan que el impacto de esta situación en el casco urbano de El Prat ha sido limitado, ya que el fenómeno del sinhogarismo en el aeropuerto y en la ciudad responde a dinámicas diferentes. Ante las preguntas sobre perfiles concretos o sobre si el aeropuerto se ha convertido en un espacio de refugio frente a la falta de vivienda asequible, el Ayuntamiento remite a la Generalitat, administración competente en materia de derechos sociales.
La mirada de los trabajadores
Más allá de la visión institucional, también hablé con Michelle, trabajadora del aeropuerto en la zona de check-in de la Terminal 1. Su testimonio aporta una perspectiva muy distinta, desde dentro. "Hay 200 y tantos indigentes en la parte del check-in y del metro, en la zona pública", explica. Durante el Mobile World Congress, muchos se marcharon, pero al terminar regresaron. "Por la noche no se puede ir a ciertos sitios. Utilizan todos los baños y las duchas. Hay muchas broncas", señala.
La aparente calma esconde una realidad de tensión y desbordamiento.
Uno de los episodios que más la marcó fue el de una persona que se cortó los dedos y llenó el lavabo de sangre. "Y después hay otro que violó a unas trabajadoras. Hay muchas denuncias. Está muy mal organizado," concluye. Su respuesta muestra otra realidad, una situación de tensión que convive con la aparente calma del aeropuerto, y muestra hasta qué punto el fenómeno ha superado la capacidad de gestión.
Equipo del Ayuntamiento de El Prat
Un futuro incierto
Al amanecer, cuando el aeropuerto despierta con la llegada de los primeros vuelos, las huellas de quienes pasaron la noche en El Prat desaparecen entre los primeros rayos del día. La espera de muchos, tan invisible como silenciosa, se diluye entre los viajeros que llegan y se van. Sin embargo, su presencia sigue ahí, recordándonos que hay realidades que no se solucionan con un vuelo, que no se borran con el paso del tiempo.
Cuando nadie asume la responsabilidad, la vulnerabilidad queda atrapada en el suelo de nadie.
El aeropuerto de El Prat, diseñado para ser un espacio de tráfico, se convierte durante unas horas en un refugio sin nombre para quienes no tienen un destino. Este momento sin quietud, cuando todo parece de nuevo inmerso en la rutina diaria, nos hace cuestionarnos sobre el papel de nuestras ciudades y nuestras políticas ante estas realidades; aunque invisibles, presentes.

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