Innovación | Ciencia
Un hospital marino en El Prat: el CRAM o cómo sobrevivir con el caparazón dañado
Natalia Serralde
22 Enero 2026
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Si ser veterinario no es fácil, serlo sin una mesa donde atender a tus pacientes es aún más complejo. Decidí escoger este tema porque el hospital del mar debe estar dispuesto a actuar ante las múltiples situaciones en las que se puede encontrar al salvar a un animal de mar.
Al llegar al recinto del Centro de Recuperación del CRAM (Fundación por la Conservación y Recuperación de Animales Marinos), ubicado en el Paseo de la Playa de El Prat de Llobregat, me pareció un espacio bello y muy amplio, con la sensación de estar en una selva. Una vez en el área de las tortugas, me encontré con Pepita, la misma tortuga que apareció en el reportaje emitido por Antena3, con una herida que atravesaba todo su caparazón. Y decidí que mi reportaje se contaría a través de sus ojos.
Explicar la ciencia desde la emoción permite entender mejor el impacto humano en el mar.
Área para la recuperación y sanación de las tortugas rescatadas del CRAM
La "señora Pepita"
"No sé qué día fue, sólo recuerdo que estaba soleado. No tengo un calendario en la piel. Lo único que recuerdo perfectamente es que algo me arrastró hacia la superficie con violencia. El mar se envolvió, se tensó, y luego ya no era agua lo que me rodeaba. Era ruido, madera, manos, y pez. cansado, golpeó el suelo del barco. Fue como si el océano me hubiera escupido.
No fue la primera vez que tenía contacto con un humano, pero sí fue la primera en la que no sentí miedo. Me observaron con un gran desconcierto, y uno de ellos murmuró algo. Entonces me llamaron "señora Pepita", aunque no entendí el porqué. No entendía nada, sólo sabía que algo iba mal. Me dolía el caparazón y me quemaba como si estuviera en llamas. Una costra de seres se había enganchado a mí: “cirrípedos”, lo llamaban. Me cubrían como una coraza ajena, como si el océano hubiera intentado esconder mi herida bajo un rompecabezas.”
Socorrer mi caparazón
"Me llevaron a un lugar que olía diferente. Un olor salada, sí, pero también olía el desinfectante, el metal, las manos limpias. No era el mar. Era un espacio blanco y luminoso, con ecos de pasos rápidos. Su nombre, supe más tarde, era CRAM.
Allí me empezaron a tocar y me limpiaron la herida a diario. Me hablaban, aunque yo no pudiera responder. Extraían tejido muerto. Yo sólo cerraba los ojos. Aguantaba. Una de las personas decía que no sabían si podrían salvarme. Que todavía no sabían si mi cuerpo, roto por una red que no era para mí, podría volver a moverse como antes. Había dolor, sí, pero también algo más. Había cuidado.”
Camino de entrada al centro del CRAM
El mar ya no es mar
"Me hablaban con calma, aunque a veces escuchaba rabia a sus voces. No por mí, sino por todo lo que ya habían visto antes. Supe que otras tortugas como yo llegaban por culpa de los humanos. Todas. Que muchas veces era el plástico, la basura, los motores. Que el mar ya no era sólo mar. Que incluso cuando sobrevimos.
Ninguna tortuga llega herida por causas naturales: siempre hay una acción humana detrás.
A veces escuchaba a alguien hablar del final. De decidir si un animal debe morir para no sufrir. Me estremecía. Pensaba en si esto era lo que me esperaba a mí. Pero con suerte, cada día que pasaba respiraba algo mejor. Aprendí a utilizar mis aletas para subir y bajar. A adaptarme a ese tanque que no era mar, pero tampoco era cárcel.
Herida cicatrizada de la tortuga Pepita
No veía a otros como yo. Me dijeron que las tortugas no vivimos en grupos, que preferimos la soledad. Que si compartimos espacio, nos mordemos. Por eso, cada una tiene su propio rincón, aunque los rincones aquí sean de techo y paredes.”
La esperanza de nadar
"Las personas del CRAM no me decían por mi nombre cuando me trataban. No por frialdad, sino por respeto. Decían que es mejor no humanizarnos. Que somos pacientes, no mascotas. De todos modos, yo lo sentía en sus manos: su deseo por que me pudiera recuperar, la frustración de no saber si lo conseguiría."
Hoy me pregunto si algún día volveré al mar. Si podré nadar sin que el agua entre en mi herida. Si podré flotar con la libertad que tenía antes. No sé. Pero sí sé algo: estos humanos hicieron algo distinto, no pasaron de largo. No pensaron que una tortuga más no importaba. Me dieron una oportunidad. Y si un día vuelvo al agua, lo haré con la cicatriz de una red en el caparazón… y con la memoria de un espacio donde el mar sigue teniendo aliados.”
Clínica del Centro de Recuperación de Animales Marinos (CRAM)
Herida por el impacto humano
La señora Pepita es una de las decenas de tortugas que ingresan en el CRAM cada año. Llegó atrapada en una red de arrastre, con heridas profundas escondidas bajo una capa de cirrípedos. Fue encontrada entre la pesca de uno de los barcos de la zona, llamado La Ràpita.
Desde su ingreso, la tortuga ha requerido tratamiento diario y monitorización constante. Su recuperación es todavía incierta, y aunque ha mejorado desde el día de su captura, todavía se encuentra en una posición muy vulnerable. Historias como la suya demuestran “el impacto directo de la actividad humana en la fauna marina”. De hecho, y según el personal del centro, todas las tortugas ingresadas lo hacen por motivos relacionados con los humanos: redes, plásticos, choques con embarcaciones, vertidos tóxicos o capturas accidentales.
Misión de supervivencia
Sin embargo, la tasa de supervivencia es alta cuando se trata de tortugas. Los cetáceos, en cambio, suelen llegar en condiciones irreversibles. Hay casos en los que se debe “decidir si la eutanasia es necesaria”, tal y como indica Oriol Estévez, trabajador de la organización.
Salvar vidas también implica saber cuándo no se puede continuar.
La tortuga Pepita al fondo para descansar
El mar aún tiene aliados dispuestos a no mirar a otro lado.
La muerte no es una excepción en la labor diaria del CRAM, pero la ética con la que se aborda cada caso es una parte fundamental del trabajo de los veterinarios. "La parte más difícil es decidir cuándo soltar a un animal. Y también entender que no siempre se puede ganar", resalta Estévez. Por muy profesional que deba ser la situación, los sentimientos humanos pueden intervenir, lo que complica la distancia con el paciente.

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