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Un desafío invisible: Internet sería el sexto "país" más contaminante del mundo


Img Un desafío invisible: Internet sería el sexto
Next Llobregat
23 Enero 2026
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Si Internet hubiera sido un país, habría sido el sexto que más contaminación emitía del mundo. Ésta había sido una de las conclusiones del proyecto CO2GLE, desarrollado por la investigadora digital Joana Moll, que alertó sobre el riesgo “invisible” que la digitalización y el consumo masivo de datos en la red suponían para el medio ambiente.

"Detrás de una pantalla se escondía una red inmensa de servidores, cables y dispositivos que consumían enormes cantidades de energía. De hecho, la huella ecológica de este frenético tráfico digital equivalía a aproximadamente un 7% del consumo mundial de electricidad", explicaba Mercè Botella, socia fundadora de Somos Conexión española.

Para los expertos, la llamada contaminación silenciosa de Internet representaba ya entonces un desafío que requería una atención especial. A nivel de usuario, se recomendaban acciones sencillas para reducir la huella digital, como apagar los dispositivos cuando no se utilizaban, reproducir vídeos en calidad media o baja en pantallas pequeñas o evitar almacenar de forma indiscriminada fotografías y vídeos en la nube.

“Aunque Internet había permitido importantes ahorros en transporte y en el consumo de papel, había que ser conscientes de la gran cantidad de contaminación generada por los nuevos hábitos digitales, especialmente en la reproducción de vídeo, el formato de información más denso”, añadía Botella, citando el informe The Shift Project, que ya en 2018 revelaba que las descargas de vídeo CO₂, una cifra equivalente a las emisiones anuales de todo el Estado español.
Lejos de reducirse, esta huella ha continuado creciendo impulsada por el consumo de vídeo en streaming, la nube y la hiperconectividad constante
Lejos de reducirse, esta huella ha continuado creciendo impulsada por el consumo de vídeo en streaming, la nube y la hiperconectividad constante

El transporte de datos y la contaminación

La inmediatez y simplicidad para acceder a vídeos a través de plataformas como Netflix y YouTube han llevado al consumo masivo. Ver 4 horas de vídeo en alta calidad a través de Internet, por ejemplo, emite 12,8 kg de CO2, que equivale a realizar un viaje de 50,4 kilómetros en coche.

Este consumo tiene un coste energético triple: se crean enormes centros de almacenamiento que consumen grandes cantidades de energía, especialmente para refrigeración; se requiere energía eléctrica para que funcione; y se utilizan distintos dispositivos que contribuyen al consumo de energía para captar y reproducir datos”, alerta Botella.

En última instancia, tomar conciencia de que el transporte de datos tiene un impacto significativo en la generación de impronta de carbono es el primer paso para abordar la contaminación silenciosa de Internet y contribuir a revertir la emergencia climática. "No es necesario cruzar océanos en barcos de vela; pequeñas acciones cotidianas también pueden marcar la diferencia", añade Botella.

"Borrar correos electrónicos es un primer gesto, y aunque parezca simple, evitará generar 10 gramos de CO2 anuales. Otro pequeño gesto es alargar la vida de los teléfonos móviles y los dispositivos electrónicos, ya que, si los reciclamos y reparamos, evitaremos generar un residuo y el coste energético de producir uno nuevo (unos 23)".
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Situación actual: qué ha pasado desde entonces

Años después de las primeras alertas, la contaminación digital ha dejado de ser un fenómeno marginal por convertirse en una preocupación central dentro del debate climático. Los datos más recientes indican que el sector digital —incluyendo centros de datos, redes y dispositivos— representa ya en torno al 3–4 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, una cifra comparable a la de sectores industriales tradicionales. Lejos de reducirse, esta huella ha seguido creciendo impulsada por el consumo de vídeo en streaming, la nube y la hiperconectividad constante.

Además, la acelerada expansión de la inteligencia artificial ha introducido un nuevo factor de presión ambiental. El entrenamiento y funcionamiento de grandes modelos de IA requieren enormes cantidades de energía y agua para la refrigeración de los centros de datos, lo que ha reabierto el debate sobre la necesidad de una sobriedad digital real. Hoy, expertos e instituciones coinciden en que no es suficiente con mejorar la eficiencia tecnológica: hay que replantear los hábitos de consumo digital y entender que cada clic, cada vídeo y cada dato almacenado tienen un coste ambiental tangible.
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