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Opinión

Sant Boi 50 años después o la necesidad de recuperar el espíritu del consenso


Img Sant Boi 50 años después o la necesidad de recuperar el espíritu del consenso
Joan Carles Valero
06 Septiembre 2026
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La primera Diada autorizada después de la muerte de Franco fue posible porque sensibilidades políticas y sociales muy distintas entendieron que las libertades compartidas estaban por encima de sus diferencias. Medio siglo después, una Cataluña más fragmentada debería recuperar aquella cultura del acuerdo y Sant Boi nos recuerda este Once de Septiembre que sólo mediante amplios consensos la sociedad puede avanzar con la resolución de los principales problemas que la acucian.

Hay fotografías que envejecen y otras que, con el paso de los años, adquieren nuevas preguntas. Las de aquel 11 de septiembre de 1976 en Sant Boi de Llobregat pertenecen a esta segunda categoría (la que encabeza este artículo). Decenas de miles de personas (cerca de cien mil según las referencias de la época) reunidas pacíficamente apenas diez meses después de la muerte de Franco para reclamar libertades democráticas, amnistía y autogobierno. No eran todos iguales. Ni pensaban lo mismo. Precisamente ahí radicaba la fuerza de aquella jornada.
La convocatoria de Sant Boi fue la primera celebración legal de la Diada después de la dictadura y estuvo impulsada por la Assemblea de Catalunya, plataforma en la que convivían partidos, sindicatos y sensibilidades ideológicas muy diferentes. La celebración barcelonesa había sido impedida y Sant Boi adquirió entonces un enorme valor simbólico por albergar la tumba de Rafael Casanova, que vivió en esta población durante 29 años tras la derrota de 1714 ejerciendo de abogado hasta su muerte el 2 de mayo de 1743.

Aquello de hace 50 años en Sant Boi fue mucho más que una concentración nacionalista. Fue, sobre todo, una manifestación democrática y unitaria. La oposición al franquismo había aprendido que para recuperar las libertades era imprescindible sumar, pactar, ceder y encontrar denominadores comunes. Medio siglo después, convendría detenerse precisamente en esa palabra: ceder algo de las propias posiciones para avanzar juntos.

Ceder no significa renunciar a las convicciones. Significa aceptar que una sociedad plural no puede construirse imponiendo a una mitad el proyecto de la otra mitad. Significa comprender que la democracia no consiste únicamente en contar votos, sino también en construir mayorías suficientemente amplias para que las decisiones fundamentales puedan ser reconocidas incluso por quien discrepa de ellas. La Diada de 1976 debería recordarnos eso.
Portada de un libro sobre la historia de 1714
Portada de un libro sobre la historia de 1714

De 1714 a 1976

El Onze de Setembre conmemora la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, durante la Guerra de Sucesión. La propia legislación que convirtió oficialmente el Onze de Setembre en fiesta nacional de Cataluña en 1980 vinculó aquella fecha tanto al recuerdo de la pérdida de libertades como a su reivindicación y recuperación. 

Rafael Casanova, conseller en cap de Barcelona durante el asedio, acabaría convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la conmemoración. Su vinculación posterior con Sant Boi explica que la ciudad fuese escogida en 1976 como escenario alternativo cuando las autoridades no permitieron realizar la convocatoria prevista en Barcelona. La tumba de Casanova continúa formando parte de las tradicionales ofrendas institucionales de la Diada. 

Pero quizá lo más importante de 1976 no sea dónde se celebró, sino cómo fue posible celebrarlo. Quien firma estas líneas estuvo aquel día en Sant Boi son sólo 18 años.  Hablaron representantes de sensibilidades distintas, pero el objetivo común era entonces mucho mayor que las discrepancias partidistas, porque el objetivo era recuperar una democracia todavía incierta después de cuarenta años de dictadura. 

No soy de los que idealizan la Transición ni oculto sus conflictos. Hubo enormes tensiones, renuncias, contradicciones y episodios de violencia. Pero sí merece la pena reivindicar algo que hoy parece extraordinariamente difícil: la capacidad de personas profundamente enfrentadas ideológicamente para sentarse alrededor de una misma mesa porque existían objetivos colectivos que consideraban superiores a sus respectivos programas políticos.
Manifestación independentista de un Onze de Setembre reciente
Manifestación independentista de un Onze de Setembre reciente

Del espíritu unitario a los bloques

Cataluña llega ahora al cincuentenario de aquella Diada después de haber atravesado una de las etapas de mayor polarización política de su historia reciente. El denominado procés independentista movilizó durante años a centenares de miles de catalanes y expresó una aspiración política que forma parte legítima de una sociedad democrática. Pero su desenlace también dejó al descubierto los límites de cualquier proyecto político que pretenda transformar radicalmente el marco de convivencia sin disponer de un consenso social suficientemente amplio.

El fracaso político del procés no fue solamente la imposibilidad de alcanzar la independencia. Su consecuencia más profunda fue dejar una sociedad partida en dos y cada uno de los bloques también fragmentado que durante demasiado tiempo dejaron incluso de escucharse. Se levantaron muros ideológicos.

Hubo familias que evitaron hablar de política. Amistades deterioradas. Medios, partidos e instituciones encerrados en relatos incompatibles. Durante algunos años parecía que Cataluña estuviese obligada a escoger permanentemente entre dos identidades enfrentadas, como si no existiera ninguna posibilidad intermedia.

Cada celebración del Onze de Septiembre advierto en mis escritos sobre la paradoja de que la celebración que en 1976 había simbolizado la unidad democrática llega cada año convertida en escenario de una sociedad crecientemente dividida. Ahora, la pregunta continúa siendo pertinente. ¿Qué queda del espíritu de Sant Boi?
Ofrenda floral del PSC del Baix Llobregat en la tumba de Rafael Casanovas
Ofrenda floral del PSC del Baix Llobregat en la tumba de Rafael Casanovas

El país necesita menos trincheras

Quizá el cincuentenario sea una buena ocasión para recuperar una evidencia demasiado olvidada: Cataluña no pertenece solamente a quienes piensan como nosotros. Pertenece al independentista y al constitucionalista, tanto sean de izquierdas o de derechas, empresarios, directivos o trabajadores y sindicalistas. Al catalanohablante y al castellanohablante. A quien nació aquí y a quien llegó ayer. A quien considera insuficiente el actual autogobierno y a quien cree que cualquier modificación debe realizarse dentro del marco constitucional. Ninguno puede desaparecer para que el proyecto del otro triunfe.

Eso debería conducir inevitablemente al diálogo. No a un diálogo entendido como fotografía protocolaria entre dirigentes, sino como una verdadera cultura política del pacto. Cataluña tiene suficientes problemas concretos como para continuar invirtiendo energías en alimentar trincheras identitarias. Vivienda imposible para muchos jóvenes. Rodalies. Movilidad. Listas de espera sanitarias. Educación. Productividad. Infraestructuras. Seguridad. Integración de la inmigración. Sequía y gestión del agua. Transición energética. Competitividad empresarial. Desigualdad social.

Ninguno de esos problemas pregunta a quien los sufre qué fue lo que votó el 1 de octubre de 2017 en aquel referéndum ilegal. La sociedad necesita respuestas y esas respuestas difícilmente llegarán desde gobiernos que dediquen cada legislatura a borrar lo realizado por el anterior. Los grandes desafíos requieren acuerdos que sobrevivan a las mayorías parlamentarias coyunturales. Ese debería ser el verdadero aprendizaje de 1976
Cartel musical de la celebración del cincuentenario del Onze de Setembre en Sant Boi
Cartel musical de la celebración del cincuentenario del Onze de Setembre en Sant Boi

Las canciones cambian de voz

Sant Boi ha escogido significativamente la música para conmemorar los cincuenta años de aquella jornada. El próximo 10 de septiembre, a las 22 horas, la plaza del Ayuntamiento acogerá el concierto 50 Diades a Sant Boi 1976-2026, que servirá además de arranque del Festival Altaveu. El lema elegido resulta especialmente acertado: «Les cançons canvien de veu. Els valors continuen vius». 

Lluís Gavaldà, Mushkaa & Greta, Els Amics de les Arts, Joan Garriga, Ismael Serrano, David Carabén, Maria Hein, Pastora, Naim Smaili y Gavina.mp3 reinterpretarán canciones asociadas a aquellos años y las harán dialogar con sus propias creaciones. Será, por tanto, una conversación entre generaciones, igual que aquella Diada fue una conversación entre sensibilidades políticas diferentes. 

La música posee una virtud que la política ha perdido demasiadas veces: permite voces distintas dentro de una misma armonía. No exige que todos los instrumentos interpreten exactamente la misma nota. Tal vez esa sea una buena metáfora para el cincuentenario.
 Instantánea de la plaza de Cataluña de Sant Boi en 1976 que simboliza que cuando no había teléfonos móviles y, por lo tanto, carecíamos de esa falsa sensación actual de hipercomunicación, era más fácil el diálogo
Instantánea de la plaza de Cataluña de Sant Boi en 1976 que simboliza que cuando no había teléfonos móviles y, por lo tanto, carecíamos de esa falsa sensación actual de hipercomunicación, era más fácil el diálogo

Volver a escucharnos

Montaigne escribió que la vida es ondulante. También lo es la historia. Las sociedades avanzan, retroceden, se enfrentan, pactan y vuelven a enfrentarse. En 1976, Cataluña necesitaba recuperar unas libertades destruidas por la dictadura. La unidad era entonces una necesidad histórica. El Memorial Democràtic recuerda precisamente 1976 como un año decisivo de movilizaciones políticas, sociales, sindicales y nacionales que contribuyeron decisivamente a recuperar los derechos democráticos. 

En 2026 el reto es distinto. No tenemos que recuperar una democracia inexistente, sino mejorar la que tenemos. Y para hacerlo quizá debamos recuperar algo del método de quienes nos precedieron: hablar con quien piensa diferente, asumir que nadie posee toda la razón y aceptar que los acuerdos duraderos siempre contienen una parte de renuncia.

Los protagonistas de Sant Boi en 1976 no dejaron de ser comunistas, nacionalistas, liberales, socialistas o democristianos para compartir una plaza. Simplemente entendieron que había algo más importante que sus diferencias. Cincuenta años después, Cataluña necesita volver a descubrir esa idea.

Porque una sociedad no se construye levantando muros entre quienes la habitan. Se construye tendiendo puentes suficientemente sólidos para que puedan cruzarlos incluso quienes nunca votarán lo mismo. Y quizá ese sea el mejor homenaje posible a aquella multitud que nos reunimos en Sant Boi hace medio siglo: no limitarse a recordar su consenso, sino intentar practicarlo. Yo lo hago a diario.
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