A sus 82 años, Manuel Guerra es el vivo testimonio de una vida que ha atravesado pobreza, represión, migración y esfuerzo. Nació en Barcarrota, en la provincia de Badajoz, en una familia humilde. Guerra perdió a su madre con sólo seis años y creció con sus abuelos, mientras trabajaba en el campo desde pequeño.
Su padre, republicano convencido, le inculcó valores de dignidad y justicia que, en pleno franquismo, tenían un alto coste. Por este motivo, no pudo asistir al colegio público porque se cantaba el “Cara al sol”. Aquel niño que estudiaba en una pequeña escuela aprendió pronto que la libertad nunca es un regalo, sino una responsabilidad.
En la juventud, la vida no le dio tregua. Tras un accidente que sufrió su padre, con sólo trece años, Manuel tuvo que hacerse cargo de los trabajos del campo. A los diecisiete, buscando un futuro mejor y se fue a Barcelona. Entró a trabajar en SEAT, un lugar en el que descubrió que el esfuerzo y el estudio eran herramientas de supervivencia, para promocionarse, estudiaba matemáticas y geometría por su cuenta, de noche, después del trabajo. “Si no te espabilas, nadie lo hará por ti”, recuerda Manuel Guerra
De la represión al compromiso social
El recuerdo del franquismo pesa aún. Guerra habla con una sinceridad admirable, explica que vio fusilamientos, persecuciones y sobre todo sintió mucho miedo. Participó en asambleas clandestinas, observó cómo la democracia nacía entre desconfianzas y comprobó que, después de años de silencio, hablar era un acto político. "La historia no debe adornarse, hay que contar cómo es", repite. Una de sus frases preferidas, que resume un principio universal, es: "Si no conoces la historia, estás condenado a repetirla."
Su militancia en UGT le llevó a la política municipal. En las elecciones de 1979 fue incluido en una lista casi por casualidad. Las dimisiones internas le hicieron subir posiciones y, de repente, era concejal. Participó en el primer gobierno democrático del municipio y después pasó doce años en la oposición. "Cuando entré, no sabía nada. Lo aprendí sobre la marcha." Como siempre había hecho.
El edadismo, el peor prejuicio de todos
Manuel Guerrero no habla de grandes discriminaciones, sino de gestos cotidianos que marcan mucho a la gente mayor, comentarios que muchas personas pueden considerar irrelevantes pero que para él y para muchas personas mayores son muy importantes y resuenan a diario dentro de la cabeza.
"Cuando nos invitan, siempre es para realizar actividades suaves. Nadie nos pregunta qué queremos o qué podemos aportar. Cada persona tiene sus gustos: algunos quieren andar, otros quieren pintar y otros leer. Pero el problema es que parece que la sociedad tenga que elegir por nosotros, como si no tuviéramos criterio ni motivaciones", explica Manuel Guerra sobre lo que le pasa a diario cuando a lo que le pasa a diario cuando a lo que le pasa a diario.
Sobre todo, lo que más le irrita es el trato infantil de manera indirecta que reciben a diario, el tono condescendiente, la suposición de que “ya no toca” aprender, opinar, decidir o transformar. Para él, ese paternalismo es una forma de exclusión tanto invisible como efectiva.
La soledad y la comunidad
Entre sus amigos, dice, ha visto de todo, personas activas y llenas de vida, y otras que han quedado solas después de pérdidas. La soledad no deseada es, a su juicio, “la nueva epidemia social”. Defiende que los ayuntamientos deberían reforzar programas de detección, redes de apoyo y espacios comunitarios realmente vivos: “La gente mayor no necesita compasión, necesita compañía y oportunidades.”
Conoce diferentes casos de personas de su alrededor que han sido relegadas al cuidado de los niños más pequeños de la familia durante toda la semana, casi como si ésta fuera su obligación natural por el simple hecho de ser mayores. Sin posibilidad de decir que no, sin que nadie les pregunte qué quieren realizar o qué actividades preferirían dedicar su tiempo, estas tareas se imponen como un deber silencioso y asumido. Manuel lo denuncia a menudo: muchas personas mayores acaban convirtiéndose en "canguros permanentes", no porque les guste o lo hayan elegido, sino porque la familia y la sociedad dan por sentado que siempre están disponibles.
Lejos de los tópicos que a menudo refuerzan la distancia entre generaciones, defiende que los jóvenes de hoy tienen talento, criterio y capacidad de indignación, pero que viven en un contexto mucho más difícil que el que conoció su generación. Cree que la precariedad laboral, los precios de la vivienda y la presión social les han obligado a vivir con una incertidumbre permanente, condicionando sus oportunidades de crecer con autonomía.
Lo que sí critica es la falta de información histórica: "No es culpa suya, es culpa nuestra por no haberles explicado lo suficiente que pasó." Para él, la desconexión generacional no es responsabilidad de los jóvenes sino un síntoma de una sociedad que no ha sabido crear espacios de transmisión, escucha y colaboración real entre edades.
La dignidad del envejecimiento
Ni idealiza el futuro, ni piensa mucho en él, pero sobre todo no lo teme. No aspira a la inmortalidad sólo a tener una vida digna en el futuro. Cree que las residencias tradicionales deben transformarse en espacios más respetuosos, flexibles y centrados en la persona, porque muchos conocidos suyos han tenido experiencias muy malas en estos centros y comenta que no es tan difícil solucionar estos problemas. Para él, la clave de su futuro es la autonomía, poder elegir qué hacer y no estar condicionado por otra persona, poder elegir qué quiere hacer con su vida y cómo quiere hacerlo.