Opinión
La Riera Blanca: Más que una calle, el latido de nuestra memoria
Manolo Garrido
22 Marzo 2026
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Hay lugares que no se miden en metros cuadrados, sino en recuerdos; en el roce de las rodillas contra el suelo y en esa extraña sensación de pertenencia que solo entendemos quienes hemos crecido en la frontera. Para muchos, la Riera Blanca es simplemente una arteria que conecta l’Hospitalet con Barcelona. Pero para quienes crecimos entre Collblanc y la Torrassa, esta calle ha sido, durante décadas, mucho más que un límite administrativo: ha sido nuestro patio de recreo, nuestra frontera emocional y el escenario de nuestra historia.
Hace unos días, leyendo, en estas mismas páginas de Next Llobregat, el histórico acuerdo entre los alcaldes David Quirós y Jaume Collboni, la memoria me transportó a un tiempo donde cruzar de acera se sentía como cambiar de mundo. Hoy se habla de una "Comisión Mixta" y de colaboración estratégica, pero para entender la magnitud de este paso, hay que recordar de dónde venimos.
Nuevas escaleras mecánicas de acceso al Pont d’en Jordà, el icono que une Santa Eulalia con La Torrassa, paralelo a la Riera Blanca
Todavía guardo el entusiasmo que sentí de niño al descubrir la Iglesia de San Ramón Nonato. Para mi imaginación infantil, sus formas no eran de una parroquia común; eran los castillos de las películas de Robin Hood. Me acerqué a ese edificio por una mezcla de razones sociales y religiosas: allí me tocaba "hacer la comunión".
Recuerdo la mezcla de confusión y orgullo. Yo estudiaba en el Colegio Nacional de la Plaza del Caudillo (hoy Guernica) y vivía cerca de la Plaza Española. Lo lógico habría sido acudir a la Iglesia de la Mare de Déu dels Desemparats, pero por la administración eclesiástica, me tocaba San Ramón Nonato.
"¡Voy a comulgar en Barcelona, no en el barrio!", pensaba yo. Cruzar esa línea invisible me hacía sentir más importante. Mi madre intentaba convencerme de que lo destacado era el sacramento y no el código postal. No lo entendí entonces y sigo sin entenderlo hoy, porque para un niño el escenario es el que dicta la importancia de lo que vivimos.
Pero mi relación con la Ciudad Condal no siempre fue de admiración. Los de mi generación recordamos bien los "enfrentamientos" con los chicos del Colegio Lluís Vives, al otro lado de la Riera Blanca. Éramos los chavales de Collblanc - la Torrassa defendiendo el orgullo local frente a unos mozalbetes que nos miraban por encima del hombro solo por pertenecer a la capital.
Detalle de una de las pinturas en el puente de la Riera Blanca
Durante años, el firme de la Riera Blanca estuvo sin asfaltar. Los ayuntamientos no lograban ponerse de acuerdo en quién debía asumir el gasto, convirtiendo esa falta de pavimento en el símbolo de una brecha física y social. Era una cicatriz de tierra que separaba dos realidades que se miraban de frente pero no terminaban de tocarse.
Por eso, el acuerdo actual es tan relevante. Ya no hablamos solo de poner baldosas iguales. Se ha firmado un compromiso para que ambas ciudades actúen como socias: coordinar seguridad, unificar ordenanzas y trabajar en proyectos como el nuevo Hospital Clínic o el BioClúster de Bellvitge. Es un trato que reconoce que l’Hospitalet no es el "patio trasero" de Barcelona, sino pieza clave de un motor metropolitano.
Aun así, cabe preguntarse: ¿perderá l’Hospitalet su identidad al mimetizarse con su vecina Barcelona? La Riera Blanca siempre será más que una calle. La frontera se desdibuja en los despachos, pero en nuestras calles sobrevive la esencia de una ciudadanía que aprendió a construir comunidad desde la diferencia. Nuestra identidad no depende de un límite en el mapa, sino de esos valores de vecindad y resistencia que nos enseñaron que, a ambos lados de la acera, lo que realmente importa es la gente.

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