Hace días que pienso en escribir para ayudarme a mí misma en este estado de inquietud que, al mismo tiempo, me subleva a raíz de una imagen que me ha conmovido mucho. Hablo de la fotografía que ha recorrido el mundo y ha llenado las redes: la del pequeño Liam Conejo, de cinco años, detenido por la policía de EEUU (ICE) en Minneapolis. Un niño que mira aterrizado, con la mochila colgada en la espalda -preparado para ir a la escuela-, mientras su padre corre y huye -también aterrizado- por no ser detenido por la policía que el presidente Trump ha puesto en marcha y que ha recibido órdenes muy claras para perseguir, detener y sembrar el terror entre las personas. No importa de dónde sean, no importa quienes sean, no importa nada… Basta con tener una piel, un rostro y unos apellidos distintos de los tipificados como “originarios y auténticos” de Estados Unidos para estar en peligro.
Creo que muchas personas se sintieron golpeadas por esta imagen, e incluso aquellas que aclaman las proclamas xenófobas y racistas de partidos políticos que, al igual que Trump, persiguen señalar lo diferente como el culpable de todos los males, creando escenarios de miedo y de inseguridad —aunque tengan que ser inventados— para, acto inmigrantes, presentados como peligrosos para el país.
Y aunque parezca una situación nueva, no lo es en absoluto.
Recordemos cómo el régimen nazi en Alemania comparaba judíos, eslavos y gitanos con animales, culpables de plagas, enfermedades o delincuencia, o se les acusaba de la decadencia moral del país. En la Italia fascista, los africanos eran considerados inferiores e incapaces de convivir "civilizadamente". En la URSS de Stalin, las minorías deportadas eran números y perdían su nombre. En la España franquista, el inmigrante era alguien fuera de la ley y se les internaba en campos sin derecho a juicio alguno. Todo un proceso para crear primero el odio hacia lo diferente, apelando al miedo a la ciudadanía, para después actuar contra él: justificar la violencia destinada a alguien que no es humano, que es de una raza inferior, que es culpable de la decadencia de los valores del país y que hay que destruir, normalizando los abusos y la violencia como instrumentos de defensa “.
Y entonces las personas migradas dejan de ser personas: pasan a ser una amenaza que debe erradicarse. Ya no se ven rostros ni nombres; mujeres, hombres, niños y niñas dejan de ser humanos y, en consecuencia, quedan deshumanizados y desprovistos de los derechos básicos y esenciales que nos diferencian como personas de cualquier otro ser vivo.
Vivimos actualmente la deshumanización de las personas inmigradas, atizada por formaciones políticas como VOX y Aliança Catalana —como garantes de Trump en nuestro país— y, por cierto, con la peligrosa connivencia del Partido Popular, que se suma a sus postulados, y de otras fuerzas políticas que callan, así como de una parte de la ciudadanía que se apuntan y se apuntan.
Y entonces llega esa foto, de un niño sobre el que cae todo el odio gestado. Estoy segura, como decía antes, que nos frapa a todos y todas, pero pronto se pasa página porque cualquier otra noticia acapara nuestra atención; y ésta también es una forma de deshumanizar. Aquel niño y su terror dejan de tener nuestra atención y, en breve, hay personas que han justificado la acción y pasan a culpar a su padre, que corre, también aterrizado, como hizo el vicepresidente de Trump, J. D. Van.
Humanizar es reconocer a las personas migradas con nombres y apellidos; saber que tienen derechos y deberes como cualquiera de nosotros, y que tienen sueños y anhelos para ellas y sus hijos.
Podemos escoger dónde estamos y en qué parte de la historia nos situamos, sin perder de vista que mañana podemos estar nosotros o nuestros hijos. Nadie te garantiza que el mismo odio que se gesta, un día, no se gire hacia nosotros o hacia los nuestros. Ni tampoco a quienes callan, por si acaso. Como decía Martin Niemöller sobre la pasividad frente al totalitarismo nazi:
“Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no dije nada porque no era comunista. Luego vinieron a buscar a los socialistas, y yo no dije nada porque no era uno de ellos. Luego vinieron a buscar a los judíos, y yo no dije nada porque no era uno de ellos. Luego ya vinieron a buscarme a mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.”
Escoger el lugar de la historia donde queremos ser es urgente, y decirlo en voz alta también. En un mundo donde la globalización y el individualismo no nos invitan ni a lo uno ni a lo otro, hay que luchar desde cada espacio por la democracia, porque en realidad va de eso.