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La cara B de los 80: Anna Caballé reconstruye la vida de su hermano Carlos, poeta y músico de l’Hospitalet, víctima de la heroína


Img La cara B de los 80: Anna Caballé reconstruye la vida de su hermano Carlos, poeta y músico de l’Hospitalet, víctima de la heroína
Joan Carles Valero
01 Noviembre 2026
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“La noche entera era, eh-eh-eh / Como una noche ochentera-era, eh-eh-eh…” El estribillo de la canción “Nochentera”, de Vicco, que no ganó el Benidorm Fest 2023 pero que se convirtió en un fenómeno musical masivo en España, con millones de reproducciones y alta presencia en radios, proyectó a los actuales jóvenes una visión idealizada de la década de los 80 y a los sexagenarios la nostalgia de aquellas discotecas que se antojaban nuevos reinos de la “Fiebre del sábado noche” del bailongo John Travolta. Pero en esos mismos años la heroína empezó a hacer su trabajo de erosión de los sueños juveniles de cambio y revolución de aquellos jinetes del “caballo”, que cayeron en picado hasta convertirse en desertores de sí mismos.

La escritora, crítica literaria y profesora universitaria Anna Caballé rescata en su último libro “El soñador de refugios. La cara B de los ochenta” (Galaxia Gutenberg) los cuadernos y poemas de su hermano Carlos para contar una historia familiar atravesada por la heroína y el sida, y contribuir a la reflexión sobre una generación marcada por las drogas en los años ochenta. En la imagen que encabeza este texto aparecen Anna Caballé y su hermano Carlos en su etapa de músico en la banda de rock hospitalense Colmena, junto a la portada de su biografía. 

Queda pendiente una mirada al retrovisor sobre esa generación, coetánea a la del autor de esta crónica. Una generación que murió víctima de sobredosis de heroína o por el contagio del sida al compartir las agujas de las hipodérmicas que utilizaban, como fue el caso del hospitalense Carlos Caballé. “Porque morir de sida a comienzos de los años noventa, como morir de lepra en los primeros siglos de nuestra era, significaba eso, la más pura imagen de la desolación vital, la muerte civil, el rechazo absoluto. La gente se alejaba de los enfermos de sida como de unos apestados a los que había que mantener extramuros de la convivencia humana”, relata Anna Caballé en la introducción de su libro

Necesaria es esa visión retrospectiva de aquella década, aunque sólo sea para elaborar un duelo que muchas familias no pudieron hacer entonces. El olvido, ese espacio frío y deshabitado, ignorado por todos, se antoja consustancial a los seres humanos. Pero no es el caso de Carlos Caballé, recordado por su docta hermana en su último libro, y ahora también por este cronista que compartió la aventura de su etapa de teclista en la banda de rock Colmena. Porque perder el pasado es quedarse desnudo ante la muerte.
La banda Colmena en el mercadillo de Bellvitge. Carlos Caballé es el primero por la derecha
La banda Colmena en el mercadillo de Bellvitge. Carlos Caballé es el primero por la derecha

Obsesionados por conseguir la dosis diaria

Los sexagenarios conocimos a muchos jóvenes en la década de los ochenta que, tanto en l’Hospitalet como en el resto de las localidades del Baix Llobregat, miraban desde el lado de la muerte. Eran los yonquis. Entonces, su libertad, envuelta de tristeza, olía a cadáver. El escritor y periodista Manuel Calderón, en su libro “Descampados” (Tusquets), nombra a los que murieron (por las drogas) pero se niega a llamarlos “víctimas, inocentes, seres atrapados involuntariamente en un laberinto sin salida. Ángeles caídos, sin ni siquiera mirar hacia atrás para ver el surco de la historia. Nunca me gustó -añade- la literatura sobre la vida de los yonquis obsesionados por conseguir la dosis diaria, pero sí la tentativa de expresar ese estar ya fuera del mundo cuando se sabe que no hay regreso posible”.

Calderón, cuando escribe el último capítulo de “Descampados” recuerda tener delante un poema de Carlos Caballé, al que trató, editó y prologó sus dos libros “cuando él ya había caído en ese vacío”. El escritor hospitalense relata haber pasado con él “las tardes más tristes que recuerdo, sentados en un bar, con un dolor real en el alma, y no sé cómo lo pude soportar. Dice en uno de sus versos: “Cuando dejan de respirar / los animales, / no redoblan las campanas”.
Carlos Caballé, a la izquierda, en los teclados, en el sótano de ensayo de Colmena en Bellvitge, el Bronx de Barcelona
Carlos Caballé, a la izquierda, en los teclados, en el sótano de ensayo de Colmena en Bellvitge, el Bronx de Barcelona

Una banda de rock en un sótano de Bellvitge

Con motivo de la aparición del último libro de Anna Caballé sobre su hermano Carlos, este cronista ha buceado en sus recuerdos, ayudado de algunas fotos, cuando en aquella década de los 80 ejerció de representante del grupo de rock Colmena, donde Carlos Caballé ejercía de teclista. Por entonces, Bellvitge, barrio donde en uno de sus sótanos ensayaba la banda gracias a la puerta blindada que quien suscribe financió para evitar nuevos robos; se antojaba el Bronx barcelonés. El grupo, que fue otro de los “refugios” de Carlos Caballé, según su hermana, nació a finales de los 70. Desarrollaban una música contundente, hard rock, con toques pop y de aires sinfónicos gracias a los teclados de Carlos, y sus letras eran de arraigo metropolitano

Bellvitge era entonces una colmena de Barcelona. Gente laboriosa y parada, almacén humano con la supervivencia como meta cotidiana. Este cronista conoció a los cinco músicos en 1980 haciéndoles una entrevista en Radio l’Hospitalet, una emisora libre impulsada por un puñado de soñadores que interrumpió su trayectoria por el robo de sus equipos en el estudio cedido en el palacete de Can Buxeres. Unos años más tarde, la estela de aquella radio libre y sin publicidad fue el caldo de cultivo de la emisora municipal. Los integrantes de Colmena habían finalizado la mili (servicio militar) y contagiaron su entusiasmo al cronista, que cayó en las redes de aquella ilusión y se enroló de manager (representante) del grupo porque ya trabajaba de periodista en medios de comunicación barceloneses y tenía contactos para conseguir “bolos” (conciertos), e incluso la grabación de la maqueta de un primer disco nonato.  
Logotipo de la banda de rock Colmena, elaborado por el ilustrador Carlos Vila, también de l’Hospitalet
Logotipo de la banda de rock Colmena, elaborado por el ilustrador Carlos Vila, también de l’Hospitalet

Concierto en el Teatro Católico de l’Hospitalet

En noviembre de 1981, quien firma estas líneas organizó la presentación de Colmena en un concierto en el teatro del Centre Católico de la Rambla Justo Oliveras de l’Hospitalet, que estaba a rebosar de público. “Sold out” se diría ahora. Me separé de ellos como de la peste. No siento admiración por esa generación, que es la mía porque no son mártires de nada. Sólo se sacrificaron saciando un hedonismo surgido de las letras de Lou Reed con canciones como “Heroin”, “Waiting for My Man” -estoy esperando a mi hombre (el camello)- o la célebre “Walk on the Wild Side” con la invitación a explotar la cara más oscura de la vida. También se inspiraban en lecturas de la generación “beat”, como Jack Kerouac, William S. Burroughs o Allen Ginsberg. Aquellos coetáneos que murieron pasto de la heroína no hicieron nada superior a lo que hicieron sus padres. Simplemente aprovecharon equivocadamente la libertad que se respiraba y confundieron las drogas con la modernidad.

La relación del cronista con Colmena acabó pronto, cuando ya no podía dejar su chaqueta o bolso en el local de ensayo porque los músicos le robaban para conseguir la dosis diaria de heroína. Ellos ya habían vendido las joyas de la familia y hasta la medalla de la primera comunión de sus hermanas pequeñas, siempre para comprar la papelina con la que “chutarse caballo”. Chino, apelativo con el que se conocía al cantante, murió pronto; le siguió Carlos y, de Fondio, el bajista, no nada se sabe, pero dudo que sobreviviera por lo enganchado que estaba al “jaco”.
Carlos Caballé es el primero del grupo que posa en esta imagen de 1981
Carlos Caballé es el primero del grupo que posa en esta imagen de 1981

Carlos, “El soñador de refugios”

La catedrática y biógrafa Anna Caballé ha vuelto la mirada hacia su propia familia para recuperar la historia de su hermano Carlos, poeta y músico del barrio Centro de L’Hospitalet. El resultado es “El soñador de refugios. La cara B de los ochenta”, un libro que reconstruye una vida truncada a los 33 años por el sida, después de una prolongada adicción a la heroína. La obra rescata también la voz literaria de Carlos, a través de sus poemas, relatos y pensamientos.

El material que dio origen al libro permaneció durante años en unas cajas. Dos meses antes de morir, Carlos había encargado a su pareja que entregara a su hermana 86 cuadernos. Su viuda así lo hizo, pero Anna Caballé necesitó cuatro o cinco años para abrirlos. Al leerlos, encontró una intensidad de sufrimiento que no había llegado a percibir mientras él vivía: angustia, desesperación y un sentimiento de culpa que se sumaba al dolor propio y al que su adicción causaba a los demás.

La autora explica la trayectoria de su hermano como una búsqueda constante de refugios. Primero los encontró en la religión y, más tarde, en las drogas. En su interpretación, la heroína le proporcionó una sensación artificial de seguridad ante una infancia marcada por la falta de estabilidad y el conflicto familiar. Carlos era, según su hermana, una persona especialmente sensible, y la droga terminó convirtiéndose en una forma de sedar un sufrimiento que no encontraba otra salida.
La banda de rock Colmena en el mercadillo de Bellvitge. Carlos Caballé es el segundo empezando por la derecha
La banda de rock Colmena en el mercadillo de Bellvitge. Carlos Caballé es el segundo empezando por la derecha

Heroína asociada a la rebeldía y la modernidad

La historia personal se inscribe en un fenómeno que golpeó con fuerza a muchos jóvenes y familias durante los años ochenta y principios de los noventa. Tras décadas de represión y de costumbres rígidas bajo el franquismo, una generación quiso romper con lo establecido y explorar nuevos modos de vida. En ese contexto, las drogas llegaron a asociarse con la rebeldía y la modernidad, fundamentalmente las usadas por el hippismo (marihuana y LSD) con efectos expansionistas de la conciencia porque eran estimulantes de la mente y de la comunión con el entorno, ya fuera natural, humano o espiritual. Pero con la irrupción del movimiento punk de la mano de los Sex Pistols que berreaban “No hay futuro / para ti”, en ese universo desesperanzado, la droga que reinó fue la heroína, que como a Carlos, potenciaba la introversión, el aislamiento, la autodestrucción, la insensibilidad hacia el entorno y la adicción. Efectivamente, aquella experimentación desembocó en una dependencia que deterioró la salud, las relaciones y la vida familiar. Una pulsión de muerte frente a la pulsión de vida que había dominado en las décadas precedentes.

A la adicción se sumó la expansión del sida, contraído fundamentalmente por compartir las agujas hipodérmicas entre quienes se drogaban, enfermedad que convirtió la pérdida de miles de jóvenes en una tragedia social. Caballé considera que aquella etapa fue traumática y que ahora existe una mayor disposición a mirar atrás y elaborar un duelo que muchas familias no pudieron hacer entonces. Con el libro, la autora quiere contribuir a esa reflexión y mostrar lo arriesgado y devastador que puede ser entrar en el mundo de la droga.
Anna Caballé, autora de la biografía de su hermano Carlos
Anna Caballé, autora de la biografía de su hermano Carlos

Reconocida biógrafa

Para hacerlo, la escritora también se implica en el relato. No se limita a ordenar los escritos de su hermano: reconstruye el contexto familiar que considera necesario para entender quién fue Carlos y qué pudo llevarlo a buscar refugio. Caballé ha señalado que no podía tratar la historia como si no le incumbiera y que el libro la ha obligado a enfrentarse a su propia verdad. La obra no cuenta todo, pero aborda aspectos dolorosos de la vida familiar y del efecto que la adicción tuvo en quienes rodeaban a Carlos.

Caballé, reconocida por sus biografías de figuras como Concepción Arenal, Francisco Umbral y Carmen Laforet, se aleja aquí de sus protagonistas habituales para acercarse a alguien que conoció desde la infancia. El soñador de refugios reúne así dos voces unidas por el afecto y la pérdida: la de una hermana que intenta comprender, y la de un poeta que dejó en sus cuadernos el testimonio de una vida atravesada por el dolor. El libro recupera esa obra inédita y devuelve a Carlos Caballé al barrio y a la ciudad donde creció, como parte de una generación que aún busca palabras para contar lo que vivió.
Portada del libro “Bajo el cemento”, editado por Manuel Calderón, con poemas de Carlos Caballé
Portada del libro “Bajo el cemento”, editado por Manuel Calderón, con poemas de Carlos Caballé

Bajo el cemento (marzo de 1984)

Carlos Caballé publicó dos libros de poemas: “Bajo el cemento”, en marzo de 1984 y “Un corazón macerado al calvados” (diciembre de 1990), ambos editados y prologados por el periodista y escritor Manuel Calderón, por entonces director del Aula de Cultura de Bellvitge.  En el prólogo de Bajo el cemento, Calderón plantea que conocer la fecha o las circunstancias del nacimiento de un poeta aporta menos que acercarse a lo que realmente mueve su escritura. Aunque reconoce la tentación de explicar una obra a partir de la biografía —la infancia, los fracasos, las obsesiones o las relaciones personales—, advierte contra reducir la poesía a una confesión o a un síntoma. La creación, sostiene, puede tener motivaciones íntimas, pero indagar en ellas hasta el extremo sería como mirar la vida a través de un espejo.

Calderón describe el universo de Carlos Caballé como un paisaje alejado de las plazas y las flores idealizadas por generaciones anteriores: bajo el cemento aparecen tuberías, pasadizos y alcantarillas, un microcosmos urbano que invita a pisar con fuerza. En esos poemas, de tono desgarrado e inmediato, el lector puede encontrar aquello que suele escapársele: el amor, una mujer y la felicidad. Y concluye que los poemas de Caballé no responden a una métrica convencional. Su medida, como en toda poesía auténtica, es la respiración.
 Portada del último libro de Carlos Caballé, “Un corazón macerado al calvados”
Portada del último libro de Carlos Caballé, “Un corazón macerado al calvados”

Un corazón macerado al calvados (diciembre de 1990)

En el prólogo del segundo libro de Carlos Caballé, Manuel Calderón presenta Un corazón macerado al calvados como un viaje poético hacia la identidad y la memoria. El texto parte de Quebec Latró, personaje que conserva en la cartera una fotografía otoñal de un estanque. Esa imagen, cargada de un aura propia, se convierte en el germen de un poema y en una vía para que alguien vuelva a hablar de sí mismo. Latró encarna así la posibilidad de ser otro y, a la vez, regresar para contar lo vivido.

Calderón sostiene que la poesía hace visible lo que suele permanecer oculto: a veces mediante la música y otras con palabras que golpean. Caballé explora esa búsqueda a través de una voz que puede multiplicarse en distintos personajes, como ocurre con los heterónimos de Fernando Pessoa. El último poema del libro, apunta el prologuista, reivindica la necesidad de mantenerse erguido y conservar la valentía.

El texto introductorio también traza una evolución en la obra del autor. Desde los primeros poemas que Calderón leyó en 1984, vinculados al límite de la ciudad, el dolor y personajes vencidos, hasta este nuevo libro, la poesía de Caballé se ha vuelto más pausada e introspectiva. La palabra busca ahora acercarse a lo innombrable y despertar en el lector recuerdos, sensaciones y emociones. 

Queda pendiente esa mirada retrospectiva de la tragedia generacional que diezmó a la juventud de los años 80 en el territorio Llobregat, transformando el tejido social, político y cultural en la recién estrenada democracia española. Porque el espejismo de la cultura “underground” pasó a ser eso, un espejismo y una maldición.
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