Un corazón macerado al calvados (diciembre de 1990)
En el prólogo del segundo libro de Carlos Caballé, Manuel Calderón presenta Un corazón macerado al calvados como un viaje poético hacia la identidad y la memoria. El texto parte de Quebec Latró, personaje que conserva en la cartera una fotografía otoñal de un estanque. Esa imagen, cargada de un aura propia, se convierte en el germen de un poema y en una vía para que alguien vuelva a hablar de sí mismo. Latró encarna así la posibilidad de ser otro y, a la vez, regresar para contar lo vivido.
Calderón sostiene que la poesía hace visible lo que suele permanecer oculto: a veces mediante la música y otras con palabras que golpean. Caballé explora esa búsqueda a través de una voz que puede multiplicarse en distintos personajes, como ocurre con los heterónimos de Fernando Pessoa. El último poema del libro, apunta el prologuista, reivindica la necesidad de mantenerse erguido y conservar la valentía.
El texto introductorio también traza una evolución en la obra del autor. Desde los primeros poemas que Calderón leyó en 1984, vinculados al límite de la ciudad, el dolor y personajes vencidos, hasta este nuevo libro, la poesía de Caballé se ha vuelto más pausada e introspectiva. La palabra busca ahora acercarse a lo innombrable y despertar en el lector recuerdos, sensaciones y emociones.
Queda pendiente esa mirada retrospectiva de la tragedia generacional que diezmó a la juventud de los años 80 en el territorio Llobregat, transformando el tejido social, político y cultural en la recién estrenada democracia española. Porque el espejismo de la cultura “underground” pasó a ser eso, un espejismo y una maldición.