Optimismo bien informado
Pese a las dificultades de esos años, no mira atrás con nostalgia. Mantiene un optimismo que define como "bien informado", lejos de la ingenuidad, pero también de los catastrofismos. De cada etapa obtiene un aprendizaje, incluso de situaciones más duras, como la larga huelga en Montesa. A través de estas experiencias entiende que el exceso de confrontación puede romper puentes irreparables y que la fuerza, sin una clara estrategia, sólo genera ruido. Por eso insiste en que es necesario saber hasta dónde puede llegar cada banda antes de poner en marcha un conflicto.
Cuando habla del presente y las nuevas generaciones, reconoce que la configuración del trabajo hace más difícil que un joven se sienta parte de un colectivo. La digitalización, los equipos dispersos y la flexibilidad horaria rompen la convivencia cotidiana que antes definía la conciencia obrera. Ya no hay entradas masivas a las seis de la mañana, ni monos de color uniforme, ni estribillos conjuntos. “Si no ves a tu compañero, si sólo recibes correos y mensajes, cuesta mucho más imaginar que tiene un problema compartido”, reflexiona. Sin embargo, observa cómo renacen nuevas formas de organización: “riders” (repartidores), “kellys” (camareras de habitaciones de hoteles), y grupos que se autocoordinan ante la precariedad. Para él, la solidaridad no desaparece sino se transforma.