Pensar juntos en tiempo deprisa
En una época dominada por la inmediatez, las opiniones rápidas y las pantallas, los cafés filosóficos se han convertido en pequeños oasis de reflexión compartida. Lejos del academicismo y del debate crispado, estos encuentros recuperan una tradición antigua: la de conversar pausadamente sobre las grandes preguntas que atraviesan la vida cotidiana.
El formato es sencillo pero exigente. Un filósofo o pensador introduce un tema -la verdad, la ética, el poder, la experiencia, el arte o la memoria- y, a partir de ahí, la palabra circula. No se trata de impartir lecciones ni de imponer conclusiones, sino de crear un espacio donde cada participante pueda pensar en voz alta, escuchar al otro y matizar las propias certezas. Como recordaba Sócrates, filosofar es sobre todo dialogar.
Impulsados en Francia hace más de tres décadas por el filósofo Marc Sautet, los cafés filosóficos se extendieron rápidamente por Europa como respuesta cívica al empobrecimiento del debate público. En el Baix Llobregat, esta experiencia tomó cuerpo a partir de 2015 gracias a la iniciativa de Jaume Grau, que los puso en marcha en Esplugues y Sant Feliu de Llobregat, convirtiendo bares y ateneos en espacios de pensamiento vivo. "Los Cafés Filosóficos nacieron hace una década como iniciativa vinculada a la USLA, Universidad Social, Libre, Autogestionada. Es una subsección dijéramos del Ateneo Santfeliuenc, que es el espacio donde lo hacemos, y una colaboración con los Cafés Filosóficos de Esplugues", explica.
En un mundo saturado de ruido, reunirse en torno a un café para reflexionar colectivamente se convierte en casi un acto de resistencia cultural. Un gesto sencillo, pero profundamente político: recuperar el tiempo para pensar juntos.