Un encuentro cargado de emoción
El acto estuvo marcado por una profunda emoción. Hilari era amigo de todos. Cercano y afable, se ganaba la confianza y el cariño de cualquiera que se relacionara mínimamente con él. Brillante conversador y polemista, siempre recordaremos aquellas largas sobremesas y paseos por Barcelona, desde el Ateneu Barcelonès hasta la Filmoteca o el Espai Brossa, entre tantos otros lugares donde su curiosidad insaciable nos reunía alrededor del arte, la cultura y las ideas.
Su cultura era vastísima. Como un auténtico polímata contemporáneo, no había ámbito del conocimiento humano que le resultara ajeno o que no despertara su interés. Se acercaba a cualquier manifestación cultural con una sensibilidad exquisita, alimentada constantemente por su búsqueda artística e intelectual.
Compartíamos con él, además, la pasión por la buena mesa. Son innumerables los viajes que realizamos juntos al Empordà, a las Terres de l’Ebre en busca de un buen arroz, a Castellote para disfrutar del excelente ternasco junto a la familia Carceller, o a tantos restaurantes descubiertos en nuestras excursiones. Y, entre todas las especialidades gastronómicas, nunca faltaba una degustación de croquetas, una afición que nos unía especialmente.
Ese espíritu de convivencia y amistad, que siempre fue una de nuestras señas de identidad, quedó encarnado de forma permanente en la figura de Hilari.
Resulta difícil explicar cuál es la chispa capaz de encender la llama de una amistad verdadera. Sin embargo, el calor que deja permanece para siempre. En nuestro caso, seguirá vivo en la voz, la mirada y la obra que Hilari nos ha legado. Hoy, a través de Pasolini en Barcelona; mañana y siempre, en el eco de sus conversaciones.