El nihilismo cala entre los jóvenes
El presente y más el futuro tiene el reto del nihilismo ahora que ha llegado a su consumo digital. Desnuda de sentido y propósito, la técnica es hoy una experiencia básicamente nihilista para muchos autores y filósofos. La técnica como voluntad de poder incesante que incrementa su capacidad de provocar cambios sin propósito. Lo demuestra su criatura más perfecta: la inteligencia artificial (IA).
El nihilismo, la doctrina filosófica que considera que al final todo se reduce a la nada y, como consecuencia, nada tiene sentido, cala entre las nuevas generaciones, que suelen rechazar todos los principios religiosos, morales y de conocimiento porque se fundamentan en que no aceptan ninguna autoridad o principio como la fe y no existe una deidad, porque la naturaleza y el suyo sufrimiento. No existen verdades absolutas para los nihilistas y la realidad parece siempre aparente. Por eso, la vida no tiene significado objetivo, propósito o valores intrínsecos por éstos. Es un pensamiento que parece de crítica social, política y cultural a los valores, costumbres y creencias de una sociedad en la medida en que éstas participan del sentido de la vida, negado por los nihilistas. Por eso, son partidarios de las ideas vitalistas y lúdicas, de deshacerse de todas las ideas preconcebidas para dar paso a una vida con opciones abiertas de realización, una existencia que no gire en torno a cosas inexistentes.
Nacida hace siete décadas de la terquedad utópica de la ciencia moderna de imitar la inteligencia humana, la inteligencia artificial sólo quiere superarla desprovista de sus defectos. Tanto que ahora corre descontrolada ya velocidad de vértigo hacia la meta de una conciencia que la hará creerse perfecta, diagnostica Lassalle. En efecto, parece que la humanidad camine hacia una civilización artificial en la que convivirán humanos y máquinas, aunque no saben de qué forma y cómo. En cualquier caso, el desenlace dependerá de los alcanos de las capacidades cognitivas de una IA que superará al cerebro humano. Esto nos obligará a determinar dónde descansará el valor práctico de los humanos y qué trabajo realizaremos en colaboración con las máquinas.