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Opinión

¿Estamos matando al bar de toda la vida en nombre del orden?


Img ¿Estamos matando al bar de toda la vida en nombre del orden?
Joan Casaponsa
25 Julio 2026
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Cada cierto tiempo vuelve el mismo debate alrededor de la hostelería: las terrazas, el ruido, los horarios, el tabaco, las licencias, el ocio nocturno, la convivencia vecinal, el turismo, los jóvenes que salen demasiado y los camareros que, según algunos, “ya no quieren trabajar como antes”. La ilustración que encabeza este artículo ha sido elaborada con IA inspirada en la letra de una de las canciones más emblemáticas del pop-rock español de los años 80, titulada "El calor del amor en un bar" del grupo Gabinete Caligari.

La hostelería se ha convertido en uno de esos temas donde todo el mundo opina porque todo el mundo la utiliza. Todos queremos bares abiertos cuando nos apetece salir, pero pocos quieren ruido debajo de casa. Todos queremos terrazas vivas, pero pocos quieren aceras imposibles. Todos queremos restaurantes con buen servicio, pero pocos se preguntan qué hay detrás de ese servicio.

El debate es legítimo. La convivencia importa. El descanso importa. El espacio público importa. La salud pública importa. Pero si la conversación se queda solo en restringir, ordenar o limitar, corremos el riesgo de no ver el cambio de fondo que está viviendo el sector.

La restauración independiente cada vez lo tiene más difícil para sobrevivir. Y no por una única causa. No es solo la subida de costes. No es solo la falta de personal. No es solo la normativa. No es solo la competencia de las grandes cadenas. No es solo el cambio de hábitos del consumidor. Es todo a la vez. Y cuando todo pasa a la vez, el que tiene estructura aguanta. El que no, sufre.

La estructura es una ventaja competitiva

Uno de los grandes cambios que está viviendo la hostelería es que la estructura se ha convertido en una ventaja competitiva. La restauración organizada está cada vez mejor preparada para competir, mientras muchos negocios independientes siguen funcionando con una mezcla de oficio, intuición y resistencia personal.

Una cadena puede negociar mejor las compras, automatizar procesos, optimizar turnos, invertir en marketing, trabajar con datos, formar equipos, estandarizar operaciones y aguantar meses malos con más capacidad financiera. Un restaurante independiente, en cambio, depende muchas veces de que el propietario esté en todo, de que el jefe de cocina no se marche, de encontrar dos buenos camareros, de mantener una caja sana y de que no aparezca una inspección, una avería, una subida inesperada o un cambio normativo que le rompa el equilibrio.

La cadena quizá tiene menos alma. Pero tiene más músculo. Y esta diferencia importa mucho más de lo que parece. Porque cuando una nueva normativa, una restricción o un incremento de costes afecta al sector, no todos los operadores parten del mismo punto. Una gran compañía puede adaptarse con abogados, consultores, departamentos técnicos y planificación. Un pequeño bar de barrio lo vive de otra manera: más gestión, más coste, más incertidumbre y menos margen.

Por eso la pregunta no debería ser solo qué medidas necesita la ciudad para ordenar la actividad hostelera. La pregunta también debería ser a quién estamos afectando más con cada nueva exigencia.
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No desaparece la hostelería, sólo una parte

Si la respuesta institucional al conflicto entre ciudad y hostelería es siempre restringir, corremos el riesgo de hacer viable solo al operador grande. Y entonces no desaparece la hostelería. Desaparece una parte concreta de la hostelería.

Desde Dibusal tenemos la puerta abierta para cualquier administración, gremio o entidad sectorial que quiera convertir conocimiento, datos o sensibilidad de sector en acciones concretas de apoyo a la hostelería independiente. Porque esa es precisamente la parte que corre más riesgo. La más imperfecta, sí. Pero también la más identitaria. La que da carácter a un barrio, reconoce a sus clientes y convierte la hostelería en algo más que una oferta de comida y bebida.

Una ciudad puede acabar siendo muy ordenada y, al mismo tiempo, muy aburrida. Puede tener menos ruido, menos conflicto y menos improvisación, pero también menos lugares con personalidad, menos proyectos familiares y menos vida cotidiana alrededor de una barra. El problema no es que exista restauración organizada. Al contrario: la restauración organizada ha aportado profesionalización, procesos, empleo, inversión, consistencia y capacidad de escalar conceptos de forma eficiente.

El problema aparece cuando el entorno competitivo, normativo y laboral favorece únicamente a quienes ya tienen estructura suficiente para adaptarse.

La falta de personal no se resuelve con nostalgia

A todo esto se suma otro reto decisivo: el talento. Durante años se ha repetido que “la gente ya no quiere trabajar en hostelería”. Pero quizá la frase correcta sería otra: mucha gente ya no quiere trabajar en hostelería bajo las condiciones que antes se daban por normales. Noches. Fines de semana. Festivos. Turnos partidos. Estrés. Poca conciliación. Salarios ajustados. Falta de carrera profesional.

El sector necesita talento, pero también necesita ofrecer un proyecto laboral más sólido. Y aquí, de nuevo, la restauración organizada parte con ventaja. Puede estructurar formación, promoción interna, procesos, horarios, mandos intermedios y equipos de una forma que muchos pequeños negocios no pueden asumir tan fácilmente. La experiencia en proyectos vinculados al canal HORECA demuestra que la profesionalización ya no es una opción estética. Es una condición de supervivencia.

Pero profesionalizar no debería significar convertir todos los bares en cadenas. Profesionalizar también puede significar ayudar al pequeño operador a ordenar mejor sus números, entender su propuesta, mejorar su gestión, trabajar mejor sus compras, cuidar a su equipo, comunicar con más claridad y tomar decisiones con más criterio. El bar independiente no necesita vivir de nostalgia. Necesita herramientas.

¿Qué hostelería queremos dentro de 10 años?

Por eso el debate no debería quedarse en si se puede fumar o no en una terraza, si hay demasiadas mesas en la calle, si el ocio nocturno molesta o si los horarios deben limitarse más. Todo eso forma parte de la conversación, pero no puede ser la conversación completa. El debate real es qué modelo de hostelería queremos tener dentro de diez años.

Queremos ciudades habitables, sí. Pero también queremos barrios con vida. Queremos descanso, pero también espacios de encuentro. Queremos orden, pero también identidad. Queremos operadores profesionales, pero no ciudades clonadas por los mismos conceptos repetidos. La hostelería independiente no necesita barra libre. Necesita reglas claras, acompañamiento, profesionalización y un entorno que no la trate siempre como un problema.

Porque si no cuidamos ese equilibrio, no nos quedaremos sin bares. Nos quedaremos sin los bares que hacían diferente a cada barrio. Y quizá, cuando nos demos cuenta, ya será tarde.
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