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«El arte de conversar», el libro del Café Filosófico de Esplugues que revive a Montaigne y Bacon en plena era del ruido digital


Img «El arte de conversar», el libro del Café Filosófico de Esplugues que revive a Montaigne y Bacon en plena era del ruido digital
Joan Carles Valero
05 Septiembre 2026
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El libro, coordinado por Jaume Grau Massalleras y publicado por Edicions Enoanda, que se presentará el miércoles 16 de septiembre en el Ateneu Santfeliuenc, reivindica el arte de conversar en plena era de las redes sociales, la polarización y la inteligencia artificial, a partir de textos de Michel de Montaigne y Francis Bacon y de las reflexiones de los participantes de un Café Filosófico que cumple once años y se acerca a los cien encuentros. Encabeza esta información un fotomontaje en el que aparecen el pensador francés Michel de Montaigne y Jaume Grau Massalleras flanqueando el logotipo del Cafè de les Arts de Esplugues, donde se celebran los encuentros de conversación filosófica.

En tiempos de mensajes instantáneos, redes sociales, opiniones expeditivas y debates convertidos demasiado a menudo en trincheras, un grupo de ciudadanos continúa practicando en Esplugues una actividad aparentemente sencilla que empieza a parecer casi subversiva: sentarse alrededor de una mesa para conversar, escuchar, discrepar y acabar compartiendo comida.

Este es el espíritu que recoge El arte de conversar y sobre el discurso, un libro coordinado por Jaume Grau Massalleras, publicado por Edicions Enoanda, que toma como punto de partida dos clásicos separados de nuestros días por más de cuatro siglos pero de una vigencia sorprendente: El arte de conversar, de Michel de Montaigne, y Sobre el discurso, de Francis Bacon. Alrededor de estos textos, los contertulios del Café Filosófico de Esplugues ofrecen sus propias reflexiones sobre qué significa hablar, escuchar y pensar con los demás. El día 16, en el Ateneu Santfeliuenc, también se presentará la “Constitución” del Café Filosófico de Esplugues, según anuncia Grau: “La Irreal Academia de la Palabra Viva, que nos ha otorgado Josep Massot. Y cumpliendo disciplinadamente su mandato, pero con voluntad de ser algo más que ‘simples emisores de ruidos’, observaremos la norma fundamental: Queda prohibido hablar para «informar». Se habla para «ser»”.
Ejemplar del libro contra los monólogos de nuestro tiempo y que se presentará este septiembre
Ejemplar del libro contra los monólogos de nuestro tiempo y que se presentará este septiembre

Encuentros para conversar como forma de conocimiento y convivencia

Montaigne podría convertirse, de hecho, en una especie de patrón espiritual de estos encuentros. Su divisa personal, «Que sais-je?» —«¿Qué sé?»—, resume una filosofía fundamentada más en la duda que en las certezas. El pensador francés no concebía la conversación como una competición destinada a derrotar al adversario, sino como un instrumento para poner a prueba las propias ideas. Prefería un interlocutor capaz de contradecirle antes que alguien dispuesto simplemente a darle la razón.

Para Montaigne, cambiar de opinión ante un argumento mejor no es perder una discusión, sino ganar conocimiento. Esta disposición resulta especialmente actual en una sociedad donde la polarización, la velocidad de las redes sociales y la exhibición pública de certezas favorecen más a menudo la descalificación que la duda. Su propuesta continúa siendo radicalmente moderna: hablar para comprender en lugar de hablar para vencer.

Francis Bacon llega a conclusiones similares por otro camino. En Sobre el discurso reivindica la mesura, la capacidad de ceder la palabra, el arte de preguntar y la prudencia con el humor. Hablar bien, en este sentido, no significa hablar más ni demostrar superioridad intelectual, sino saber construir con los demás una conversación que no sea ni un sermón ni un interrogatorio. Ambos pensadores convergen así en una idea que articula el libro: conversar es una forma de conocimiento, pero también de convivencia.
Uno de los encuentros del Café Filosófico de Esplugues. Y ya son once años demostrando que los ciudadanos todavía saben hablar y escuchar
Uno de los encuentros del Café Filosófico de Esplugues. Y ya son once años demostrando que los ciudadanos todavía saben hablar y escuchar

Una tertulia que comenzó en 2015

Esta filosofía no queda en el libro como una formulación teórica. Desde mayo de 2015, el Café Filosófico de Esplugues la pone en práctica periódicamente en el Cau de les Arts, un bar con espacio cultural rodeado de libros donde la filosofía abandona las aulas y vuelve a una de sus expresiones originales a través de una conversación entre ciudadanos.

El primer Café Filosófico se tituló precisamente Caminar y filosofar. Desde entonces, los encuentros impulsados por Jaume Grau han defendido aquello que él mismo ha definido como una apología de «la lentitud y la relajación», con un filósofo o invitado que introduce una cuestión pero sin monopolizarla, porque el objetivo es que todo el mundo pueda intervenir. Por el Café han pasado, entre muchos otros, nombres como Ramon Alcoberro, Vicenç Villatoro o Antoni Gelonch.

Once años después, el grupo se acerca ya a los cien encuentros. Y conserva una particularidad que forma parte inseparable de su filosofía: la conversación suele desembocar en una cena compartida. Pensamiento y alimento, logos y mesa, recuperan así algo del espíritu del simposio griego.

Jaume Grau interpreta incluso el Café Filosófico como un pequeño ejercicio de democracia directa. Los participantes constituyen temporalmente una asamblea de personas libres que no necesita llegar a una conclusión ni votar una verdad definitiva. El valor del encuentro reside en la propia práctica deliberativa: escucharse, someter las convicciones propias a las de los demás y convivir con el desacuerdo. La conversación se convierte así en una especie de gimnasia de la democracia. No exige unanimidad, sino respeto; no reclama que todo el mundo piense igual, sino que cada uno acepte que su razón puede ser incompleta.
Casi cien encuentros filosóficos de Esplugues contra la polarización que emulan El Banquete de Platón, obra estructurada como una serie de discursos durante una celebración alcohólica y festiva
Casi cien encuentros filosóficos de Esplugues contra la polarización que emulan El Banquete de Platón, obra estructurada como una serie de discursos durante una celebración alcohólica y festiva

Un libro que es una obra coral

El libro que ahora recoge esta experiencia es también una obra coral. Montaigne y Bacon actúan como desencadenantes de una serie de textos que trasladan la conversación a cuestiones tan actuales como la inteligencia artificial, WhatsApp, la soledad, la educación, el cine, la posverdad, las redes sociales o la necesidad de recuperar la escucha.

En un momento en el que cualquier dispositivo permite comunicarnos permanentemente pero no necesariamente conversar mejor, el Café Filosófico de Esplugues llega a los once años defendiendo una idea antigua que vuelve a parecer nueva: quizá hablar con los demás continúa siendo una de las mejores maneras de pensar por nosotros mismos.
Montaigne y Bacon inspiran desde Esplugues una reivindicación del diálogo como antídoto contra la era de las certezas
Montaigne y Bacon inspiran desde Esplugues una reivindicación del diálogo como antídoto contra la era de las certezas

Los comentarios de los contertulios del Café Filosófico de Esplugues

Josep Massot — «Irreal Academia de la Palabra Viva»

Massot reivindica la conversación como un ejercicio de pensamiento, discrepancia y autocrítica. Imagina, entre el ensayo y la sátira, una academia ficticia con estatutos, normas, castigos y falacias prohibidas para defender una manera más exigente de hablar y escuchar. Una buena conversación, sostiene, debe transformar a los participantes: perder una discusión porque el otro tenía razón puede acabar siendo una victoria porque significa haber aprendido algo.

La contradicción es, en este planteamiento, motor del pensamiento. Massot penaliza simbólicamente la arrogancia, la pedantería, las interrupciones y las malas prácticas del debate digital, y reivindica la brevedad, la claridad, la mayéutica y la capacidad de preguntar. También ironiza sobre la inteligencia artificial cuando sustituye al pensamiento propio. Su conclusión es inequívoca: una conversación lograda es aquella de la que salimos un poco menos ignorantes.

Ramon Alcoberro — «La decadencia de la conversación, una paradoja»

Alcoberro sitúa a Montaigne directamente en el presente. Recuperar su escepticismo y su ironía, defiende, se ha convertido en una necesidad en la época de las redes sociales, cuando el espacio público corre el riesgo de ser monopolizado por pocas voces mientras muchas opiniones disidentes encuentran dificultades para obtener reconocimiento. Conversar significa mantener abierta esa pluralidad.

Carmen Bassolas — «El arte de la conversación»

Bassolas parte de su experiencia como profesora para recordar la alegría y la satisfacción que produce descubrir cosas nuevas y compartirlas con otras personas. La conversación en el aula, explica, contribuyó a incrementar el bienestar, la felicidad y la autoestima de los alumnos. Su conclusión es que aprender a conversar puede hacernos, al mismo tiempo, un poco mejores y más felices.

Margarita Boladeras — «El impacto Montaigne»

Boladeras pone el acento en la capacidad de Montaigne para anticipar los requisitos fundamentales de un diálogo auténtico y denunciar al mismo tiempo la corrupción del lenguaje y de las formas de comunicación. Aquel problema del siglo XVI, advierte, continúa siendo una grave enfermedad de la sociedad actual. De ahí la necesidad de difundir activamente su mensaje.

Lluís Carceller — «Conversar en tiempos de desconcierto»

Carceller recuerda la función lúdica y comunitaria de la conversación en la sociedad campesina y contrapone aquella oralidad a la aceleración de las nuevas tecnologías. A partir del filósofo Wolfram Eilenberger, plantea incluso que la inteligencia artificial podría cerrar la época de lo escrito y obligarnos paradójicamente a recuperar la oralidad.

Si las máquinas pueden acabar escribiendo buena parte de los textos, quizá habrá que volver al arte socrático de hablar y escuchar. Carceller llega a imaginar, con ironía, un futuro en el que escuchar sea un trabajo remunerado porque casi no quedará nadie dispuesto a hacerlo.

Montserrat Cardona — «Sobre el diálogo»

Cardona observa que muchas conversaciones espontáneas pueden acabar convirtiéndose en simple «cotilleo», una práctica que históricamente también ha contribuido al control social de las personas que se apartan de la norma.

Pero ante unas sociedades que tienden cada vez más al monólogo, reivindica la conversación tranquila y relajada como un bien especialmente valioso: proporciona calor, conocimiento y nos ayuda a ser mejores personas. La invitación final es doble: cuidémonos y cuidemos la conversación.
Jaume Grau Massalleras ha cuidado la edición del libro donde se plantea un diálogo de Montaigne por WhatsApp: la tertulia de Esplugues lleva el diálogo al siglo XXI
Jaume Grau Massalleras ha cuidado la edición del libro donde se plantea un diálogo de Montaigne por WhatsApp: la tertulia de Esplugues lleva el diálogo al siglo XXI

Jaume Grau Massalleras — «La conversación: cómo comerse al otro educadamente»

Grau desarrolla la idea de la convivialidad, el placer de estar con los demás, conversar y compartir alimentos alrededor de una mesa. No hay, sostiene, una excusa mucho mejor para iniciar una conversación que quedar para comer.

Igual que el cuerpo necesita nutrientes, nuestra estructura mental necesita la palabra compartida. La conversación es lenta, una característica casi subversiva en tiempos de aceleración tecnológica.

Grau lleva la metáfora hasta sus últimas consecuencias: al conversar nos «comemos» simbólicamente a los demás porque consumimos los productos de sus cerebros, las ideas, mientras nosotros también nos ofrecemos para que nuestras palabras sean ingeridas intelectualmente por los interlocutores. La mesa acaba uniendo las dos oralidades, la discursiva y la digestiva.

Fernando Herrero — «La conversación»

Herrero parte de la etimología de con-versar, vinculada a ir y venir, girar y compartir la palabra. La conversación no es solo un medio para acceder al mundo del otro, sino una manera de estar en el mundo.

Hablar no consiste simplemente en emitir palabras: el significado depende del contexto, del uso y de la forma de vida. La conversación nos ayuda también a construir la propia identidad porque somos, en buena parte, las historias que contamos a los demás y que los demás nos ayudan a contarnos. Puede, incluso, ahorrar alguna visita al psicólogo. O provocarla.

Salvador Llopart — «Hable con ella. La conversación en el cine»

Llopart lleva el diálogo hasta la pantalla. Una película se convierte en un interlocutor cuando somos capaces de asumir sus sugerencias y responder a ellas. Por eso considera que las mejores críticas cinematográficas son, en el fondo, conversaciones enmascaradas. Una buena película no termina con la pantalla: necesita una respuesta emocional, intelectual o ética del espectador. Mirar cine es también aprender a escuchar.

Carme Malaret — «Quizá, solo quizá»

El texto reflexiona sobre el arte que podía llegar a constituir la conversación en la sociedad de Montaigne: creatividad, ingenio, oratoria, silencios y argumentos construían casi una obra artística hecha de palabras.

Trasladada al presente, sin embargo, aparece una pregunta incómoda: ¿se puede continuar estando realmente presente en una conversación cuando los móviles y la inteligencia artificial reclaman constantemente el protagonismo? El texto juega finalmente con esa misma incertidumbre y deja en el aire si la inteligencia artificial ha podido intervenir o no en su propia elaboración.
Visita de los contertulios del Café Filosófico de Esplugues a la tumba de Walter Benjamin en Portbou
Visita de los contertulios del Café Filosófico de Esplugues a la tumba de Walter Benjamin en Portbou

Jaume Martí-Olivella — «Dieciocho réplicas y un comentario final a El arte de conversar»

Martí-Olivella construye una conversación directa con Montaigne a partir de diversas citas de su ensayo. Esta réplica imaginaria le permite constatar la sorprendente modernidad del filósofo francés.

Entre las coincidencias con nuestro tiempo destaca la espectacularización de la banalidad, la posverdad, la dificultad de los personajes públicos para practicar la autocrítica y la falta de rigor y método que caracteriza demasiado a menudo las conversaciones actuales.

Carme Porta — «Conversar es cuidar»

Porta relaciona la conversación con uno de los problemas sociales contemporáneos: la soledad no deseada. A partir de datos que señalan que una parte significativa de la población adulta catalana se siente sola, defiende la conversación como un espacio de conexión, confianza y reconocimiento mutuo.

Conversar se convierte así en una herramienta de bienestar pero también de resistencia: significa compartir, crear vínculos y cuidar de los demás.
Dibujo del Café Filosófico de Esplugues realizado por Xita Camps
Dibujo del Café Filosófico de Esplugues realizado por Xita Camps
Pere Ruiz Trujillo — «Conversar Montaigne»

Ruiz Trujillo pone el acento en el valor epistemológico del diálogo. Para distinguir entre aquello que es verdadero y aquello que es falso es necesario confrontar las propias creencias con las de los demás utilizando argumentos racionales y razonables.

Conversar, dialogar, debatir y discutir constituyen, en consecuencia, uno de los mejores caminos para que los seres humanos puedan avanzar conjuntamente.

Susana Solé — «Conversar»

Solé señala una condición imprescindible para que una conversación sea realmente fructífera: estar dispuestos a cambiar de opinión o, como mínimo, incorporar elementos nuevos que permitan matizar, reforzar o modular las propias convicciones.

Las buenas conversaciones necesitan escucha activa, apertura mental, disposición de espíritu y, sobre todo, humildad.

Enric Umbert-Reixach — «Una conversación por WhatsApp»

Umbert-Reixach traslada la reflexión al territorio de la mensajería instantánea. Su texto reproduce una conversación por WhatsApp entre Francesc y Miquel. El primero intenta insistentemente hablar con el segundo sin obtener la respuesta esperada.

Solo al final se descubre que Miquel ha sufrido un ataque de afasia y que esta es la causa del silencio. La historia desemboca en la necesidad de encontrarse personalmente, debatir y recuperar la conversación, convirtiendo paradójicamente una herramienta digital de comunicación en una reivindicación de la palabra compartida.
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