Los comentarios de los contertulios del Café Filosófico de Esplugues
Josep Massot — «Irreal Academia de la Palabra Viva»
Massot reivindica la conversación como un ejercicio de pensamiento, discrepancia y autocrítica. Imagina, entre el ensayo y la sátira, una academia ficticia con estatutos, normas, castigos y falacias prohibidas para defender una manera más exigente de hablar y escuchar. Una buena conversación, sostiene, debe transformar a los participantes: perder una discusión porque el otro tenía razón puede acabar siendo una victoria porque significa haber aprendido algo.
La contradicción es, en este planteamiento, motor del pensamiento. Massot penaliza simbólicamente la arrogancia, la pedantería, las interrupciones y las malas prácticas del debate digital, y reivindica la brevedad, la claridad, la mayéutica y la capacidad de preguntar. También ironiza sobre la inteligencia artificial cuando sustituye al pensamiento propio. Su conclusión es inequívoca: una conversación lograda es aquella de la que salimos un poco menos ignorantes.
Ramon Alcoberro — «La decadencia de la conversación, una paradoja»
Alcoberro sitúa a Montaigne directamente en el presente. Recuperar su escepticismo y su ironía, defiende, se ha convertido en una necesidad en la época de las redes sociales, cuando el espacio público corre el riesgo de ser monopolizado por pocas voces mientras muchas opiniones disidentes encuentran dificultades para obtener reconocimiento. Conversar significa mantener abierta esa pluralidad.
Carmen Bassolas — «El arte de la conversación»
Bassolas parte de su experiencia como profesora para recordar la alegría y la satisfacción que produce descubrir cosas nuevas y compartirlas con otras personas. La conversación en el aula, explica, contribuyó a incrementar el bienestar, la felicidad y la autoestima de los alumnos. Su conclusión es que aprender a conversar puede hacernos, al mismo tiempo, un poco mejores y más felices.
Margarita Boladeras — «El impacto Montaigne»
Boladeras pone el acento en la capacidad de Montaigne para anticipar los requisitos fundamentales de un diálogo auténtico y denunciar al mismo tiempo la corrupción del lenguaje y de las formas de comunicación. Aquel problema del siglo XVI, advierte, continúa siendo una grave enfermedad de la sociedad actual. De ahí la necesidad de difundir activamente su mensaje.
Lluís Carceller — «Conversar en tiempos de desconcierto»
Carceller recuerda la función lúdica y comunitaria de la conversación en la sociedad campesina y contrapone aquella oralidad a la aceleración de las nuevas tecnologías. A partir del filósofo Wolfram Eilenberger, plantea incluso que la inteligencia artificial podría cerrar la época de lo escrito y obligarnos paradójicamente a recuperar la oralidad.
Si las máquinas pueden acabar escribiendo buena parte de los textos, quizá habrá que volver al arte socrático de hablar y escuchar. Carceller llega a imaginar, con ironía, un futuro en el que escuchar sea un trabajo remunerado porque casi no quedará nadie dispuesto a hacerlo.
Montserrat Cardona — «Sobre el diálogo»
Cardona observa que muchas conversaciones espontáneas pueden acabar convirtiéndose en simple «cotilleo», una práctica que históricamente también ha contribuido al control social de las personas que se apartan de la norma.
Pero ante unas sociedades que tienden cada vez más al monólogo, reivindica la conversación tranquila y relajada como un bien especialmente valioso: proporciona calor, conocimiento y nos ayuda a ser mejores personas. La invitación final es doble: cuidémonos y cuidemos la conversación.