La muerte da coraje
Con más de ochenta años, Belmonte no habla de la vejez como un final, sino como una transición. "No sé si es miedo, pero sí creo que ya estoy en vía de salida", admite. Habla de la muerte con una serenidad inquietante, con el mismo sentido de responsabilidad con el que ha vivido. "Quiero hacer mi testamento vital y me inquieta pensar en el deterioro físico".
Sin embargo, no todo es resignación. "Hay momentos en los que haces proyectos, excursiones, actividades, y no piensas en la muerte, quieres seguir haciendo cosas". Este deseo de mantenerse activo es su forma de envejecer. Lo resume con naturalidad: "No se trata de nostalgia: me he adaptado siempre a los tiempos".
También es consciente de las limitaciones familiares y sociales que corresponden a la responsabilidad de cuidar a las personas mayores más vulnerables. "Los hijos no pueden atendernos al cien por cien. No es que no quieran, es que no pueden", reconoce. Por eso defiende un nuevo modelo de atención: "Hay que crear residencias de verdad, no almacenes de personas".