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Assumpta Lecha, exmaestra y activista de Cornellà: "La familia para los jóvenes es muy importante y las escuelas no podemos suplirla"


Img Assumpta Lecha, exmaestra y activista de Cornellà:
Jordi Vizuete Valls
19 Enero 2026
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Assumpta Lecha nació en 1951 y se crió en el Eixample barcelonés, en una familia de clase media que vivía intensamente la calle y la vecindad. Todavía hoy recuerda aquella etapa como un pequeño paraíso urbano en el que todo el mundo se conocía y se hacía comunidad. Lo resume con una sonrisa y una frase que repite a menudo: "Se hacía mucha comunidad, fue una etapa muy bonita, Ildefons Cerdà ya pensó en hacer el Eixample para crear un ambiente de cohesión social, comunidad y vecindad". Ese espacio físico fue para ella mucho más que un barrio: fue una primera escuela de convivencia.

A los catorce años, sin embargo, la muerte de su abuelo precipitó el traslado familiar a Gràcia. El cambio, impuesto por la tradición de cuidar a la abuela, fue emocionalmente abrupto. "Crecí en el Eixample y me costó asimilar el cambio en una etapa de tantos cambios", confiesa. Gràcia le pareció “otro mundo”, menos cálido, menos conocido, una ruptura en su adolescencia.

Durante esos años estudió magisterio, decisión que, como tantas chicas de su generación, no tomó ella. "Antes no se elegía y menos las niñas. Lo decidieron mi madre y mi tía", explica con naturalidad. Incluso recuerda el argumento que recibió: "Por tener cultura general y así también podrás casarte con un médico o un arquitecto".

Pero lo que pudo ser un camino de inercia se convirtió en un punto de inflexión. En esos estudios se topó con profesores de historia y filosofía que abrían ventanas al pensamiento crítico: “Fueron buenos referentes… yo venía de una escuela de monjas donde parecían paramilitares”. Aquel contraste pedagógico la definió: "Decidí que yo sería una maestra que escucha a sus alumnos y que enseña a fomentar el pensamiento crítico. Esa etapa me marcó mucho".

Experiencia reveladora

Con sólo diecinueve años llegó a Cornellà para trabajar en una escuela del barrio de Almeda. Sus padres, con la mirada centralista de la Barcelona de aquel tiempo, se opusieron bastante: “Pensaban que el Baix Llobregat era como el Bronx”. Pero la experiencia resultó reveladora. Allí halló un ambiente rico, diverso y comprometido con los barrios. Vivió la riada de 1971, una herida colectiva que todavía rememora: “Todavía recuerdo el olor del barro… los niveles de solidaridad fueron enormes”.

Su trayectoria profesional continuó entre escuelas y municipios: la Escola Europa, las escuelas activas del CEPEC, y más adelante los ayuntamientos de Cornellà, Sant Feliu y El Prat. Fue concejala de educación, técnica municipal y finalmente jefe de educación hasta la jubilación. Una vida profesional intensa, de gestión constante, que le llevó a valorar especialmente el momento de retirarse: “La jubilación fue un alivio, ya empezaba a agobiarme porque iba agotada”. Pero hacer poco no es una opción para ella: “Soy un culo inquieto, siempre hago algo… por estar distraída y ayudando a los demás”.
Assumpta Lecha decidió de joven que sería una maestra que escucha a sus alumnos y que enseña a fomentar el pensamiento crítico

La cuarta edad y los retos del presente

Assumpta habla del envejecimiento con una madurez optimista: "Ahora estamos hablando de la cuarta edad… la vida se ha alargado y casi la jubilación y la vejez se ha convertido en unas de las mejores etapas de la vida". Tiene claro que la forma de envejecer es un reflejo de la vida vivida: “De mi generación hay gente muy feliz, uno envejece como ha vivido”. Sabe que no todo el mundo tiene la misma suerte, pero también reivindica el papel de la solidaridad entre personas mayores.

Sin embargo, apunta preocupaciones estructurales. La primera, la sostenibilidad del modelo laboral: “Hay jóvenes que no trabajan en serio hasta los 30, pero después la jubilación está en los 65… esto puede llegar a ser insostenible”. Y alerta sobre la necesidad de revisar el sistema educativo y profesional para que los jóvenes puedan acceder con mayor facilidad a trabajos estables y dignos. El desprestigio histórico de la formación profesional le indigna: “Realmente son un pilar fundamental… y todavía hay perjuicios que pueden hacer que se seleccione a alguien sólo por dónde ha estudiado”.

También rechaza abiertamente el discurso adultista que a menudo criminaliza a la juventud: “Me pone muy nerviosa cuando una persona mayor se pone a criticar a los jóvenes… también son nuestras consecuencias de alguna manera”. Considera que se ha sobreprotegido demasiado y que esto ha generado fragilidades, pero defiende que la mayoría de jóvenes son sensibles, preparados y comprometidos. "La gente joven me encanta… creo que era más fácil ser joven cuando yo era joven que ahora", afirma con convicción.
“Me pone muy nerviosa cuando una persona mayor en cualquier reunión o asamblea se pone a criticar a los jóvenes”

Tecnología, educación y vínculos humanos

Si hay un tema que emociona y preocupa a Asunta a partes iguales es la tecnología aplicada a la educación y la vida cotidiana. No es tecnófoba, pero sí crítica: "No soy negativismo, todo lo que sea para mejorar la calidad de vida, adelante. Pero es un sistema muy perverso, porque las personas se acostumbran y no desarrollan el pensamiento". La angustia que transmite cuando habla de la adicción digital es palpable: "Puede crear adicción o incluso soledad no deseada".

El punto que más le inquieta es la desconexión emocional que observa en los niños: “Ahora ves a padres que están con sus niños por las calles y están con el móvil… es muy triste”. Insiste en que el problema no es la tecnología en sí, sino el uso acrítico y descontrolado. Por eso reclama sentido común y educación digital basada en el equilibrio: “No hace falta ser radical negacionista… hay que buscar un equilibrio”.

A escala educativa, reivindica la presencia humana como eje fundamental: "A las personas se las enseñan las personas… una máquina no puede sustituir al maestro". Considera que las escuelas deben mejorar los códigos éticos y normativos para gestionar la inteligencia artificial y los dispositivos, pero siempre preservando la función relacional del docente.
"Hay que apostar por un uso responsable de las tecnologías, tampoco es necesario ser radical negacionista y no dejar a los hijos utilizar el móvil o los ordenadores"

Acosos escolares han existido siempre

Asunta también subraya el papel imprescindible de las familias: “La familia para los jóvenes es muy importante, y las escuelas no pueden suplirlas”. Habla de valores, de higiene, de respeto, de educación emocional… aspectos que considera básicos y que deben tejerse en casa.
Cuando reflexiona sobre el recuerdo del pasado, admite que algunos problemas, como el acoso escolar, siempre han existido, pero remarca que ahora al menos se visibilizan. "Antes nadie mencionaba nada y la familia todavía te recriminaba haber sufrido abuso".

Su balance vital es claro: optimista, realista y profundamente humanista. A su yo de joven le diría: "Ser responsable o no tan impulsiva, y más centrada hacia los estudios… quizá le diría que abriera un restaurante". Lo dice riendo, pero con esa serenidad de la que ha vivido mucho, con coherencia y con el deseo constante de construir comunidad, justo como en aquel Eixample donde creció.
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Tecnologías en el aula: entre la herramienta y el peligro

Para Assumpta Lecha, la tecnología es una aliada con riesgos evidentes. No la rechaza, pero alerta sobre un uso que sustituya al pensamiento y los vínculos. Reconoce que las herramientas digitales pueden mejorar la calidad de vida, pero advierte: "Es un sistema muy perverso, porque las personas se acostumbran y no desarrollan el pensamiento".

Cuando habla de la escuela, es contundente: la presencia de un docente no puede reemplazarse. "A las personas se las enseñan las personas… una máquina no puede sustituir al maestro". Por eso defiende que los centros educativos deben reforzar los códigos éticos sobre el uso de dispositivos y de la inteligencia artificial, no sólo para evitar distracciones, sino para garantizar una educación crítica y humana.

Assumpta también ve la tecnología como un riesgo de soledad y de desconexión. Lo resume con una escena cotidiana que la conmueve: “Ves a padres con los niños y están con el móvil… es muy triste”. Reivindica la necesidad de un equilibrio, evitando tanto el negacionismo como el consumo ilimitado. Para ella, la clave está clara: tecnología sí, pero con criterio, con formación y sin perder el componente relacional que estructura cualquier aprendizaje.

Generaciones y responsabilidad compartida

Assumpta Lecha observa las relaciones entre generaciones con una mirada conciliadora pero exigente. Rechaza frontalmente los discursos que criminalizan a la juventud: “Me pone muy nerviosa cuando una persona mayor critica a los jóvenes… también son nuestras consecuencias”. Considera que los adultos han sobreprotegido demasiado y que esto ha generado inseguridades, pero esto no justifica estigmatizar a quienes llegan.

En cuanto al futuro laboral, expresa preocupación por un modelo que puede acabar siendo insostenible: "Hay jóvenes que no trabajan en serio hasta los 30, pero después la jubilación está en los 65". Reclama una revisión profunda del sistema formativo y laboral para que los jóvenes puedan desarrollarse a tiempo y condiciones dignas.
También defiende con firmeza la importancia de la familia como primer espacio educativo: valores, respeto y convivencia son, para ella, responsabilidades domésticas que no pueden delegarse sólo en la escuela.

A pesar de los retos, mantiene un optimismo activo: "La gente joven me encanta… creo que era más fácil ser joven cuando yo era joven que ahora". Su visión recupera un hilo esencial: la convivencia entre generaciones sólo funciona cuando existe diálogo, humildad y conciencia mutua.
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