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Existe un equívoco habitual entre quienes pasean por el centro de Madrid. Al toparse con las formas sinuosas, casi vegetales, del Palacio de Longoria (actual sede de la SGAE, en la calle Fernando VI), el visitante inexperto suele exclamar: "Esto tiene que ser de Gaudí". No lo es. Es obra del genial José Grases Riera, un tributo al auge del modernismo catalán que florecía a principios del siglo XX.
Sin embargo, la capital de España estuvo a punto, muy a punto, de albergar una obra auténtica del maestro de Reus. El vínculo histórico se remonta a 1892. Los empresarios católicos Fernández y Andrés encargaron a un joven, pero ya reputado Gaudí, el diseño de un monumental edificio de viviendas, oficinas y comercios en la mismísima calle Mayor de Madrid.
Gaudí aceptó el reto y llegó a trazar los bocetos del proyecto. Fiel a su estilo incipiente, ideó una fachada revolucionaria para el Madrid castizo y decimonónico, dominada por sus característicos arcos parabólicos y una estructura que habría roto todos los moldes urbanísticos de la Villa y Corte. ¿Por qué no se construyó? El choque cultural y burocrático fue insalvable.
El Ayuntamiento de Madrid de la época, encorsetado en normativas estéticas muy rígidas, no entendió la audacia del catalán, y las desavenencias técnicas terminaron por enterrar los planos en un cajón. Madrid perdió la oportunidad histórica de tener su propio trozo de la Cataluña mágica. Tampoco se sabe mucho de algunos de sus proyectos, muchos de los planos originales de Gaudí se perdieron en el incendio de su taller durante la Guerra Civil española, lo que convirtió la continuación de la Sagrada Familia en un fascinante puzle de interpretación geométrica.
Aunque Madrid se quedó sin su obra, quienes deseen ver el trabajo de Gaudí fuera de Cataluña pueden visitar el Palacio Episcopal de Astorga, la Casa Botines en León o El Capricho en Comillas (Cantabria).